Counting cuentos


Hay Albayzines y Albayzines. Unos de postal, otros abarrotados, otros de Carmen esbelto millonario. Y lo hay escondidito, de recodos secretos y geranio enredado y rojizo, orgulloso, ese que oculta callejuelas, esquinas, cuestas y plazuelas empedradas, de vistas imprevistas y silencio pacífico. Entre esas estrecheces esquivas al turisteo se encuentra redondeada la Plaza del Ocho, que ayer descubrí en su bello atardecer meciendo a Granada entera, a su vega generosa y lorquiana.

Trepé hasta el descubrimiento para engordar mi oído con alimento de enanitos, dragones, tierras lejanas y princesas de largos cabellos dorados, príncipes de cielo pintados, colorines colorados, nueces que érasen que se eran. Fui allí para que me contarán un cuento.

En este bello rincón se desarrolló otro Maratón de Cuenta Cuentos. El Érase una vez se pronunció a las ocho y yo los dejé ahí, plantados (Mucha plantita Juanera había), perreando (Mucho perrito flauta había) y sonriendo, más allá de medianoche, cuando mi Cenicienta se abrochó el zapatito y partimos a nuestro castillo de hadas antes de convertirnos en calabazas en sueños. Ellos escalaron la noche hacia otra atalaya, lejos de vecinos quejicas y policías bicolores y seguirían hasta que el rollo se les terminara. Tenían para rato.

En medias hubo buenos momentos, muchos profesional de la Calleja y otros aficionados de la copla que salpicaron de frescura mi tímpano travieso y alargaron la comisura de mis labios hasta la sonrisa incontenible. Historias de orientación oriental, corte medieval de toda la vida, viejas leyendas del África oscura con karaoke incluido, cómic contados de la cotidianidad, monólogos prolongados hasta la desembocadura de la moraleja, chistes enhebrados, bellas composiciones literarias, frescas y verdes travesuras de cremallera bajada, imaginación y escenografía variada, espectro de calidad oscilante entre el aplauso de cortesía y los saltos del corazón. Hubo un poco de todo para apagar con bienestar el fogoso tiempo de la vida.

En la primera plana se menciona a Dani Rovira, malagueño de pupitre granadino y foco reconocible en la Paramount. Monologista profesional (bien que se notó), hábil improvisador y médula de cómico bueno. Roció su cuento de menor calado con polvos de risa de lujo y se ganó a la media luna que ejercía de juez a carcajada limpia. “Racioso” y nada pomposo.

Otros cayeron en un anonimato brillante. No lo digo por decir. La interpretación del cuentro del Anónimo, por un rasta de buena mesa de Madrid, fue de lo mejor. Relato de comienzo brillante, narraba la historia de un hombre, que harto de su vida, decide cambiar de nombre a las cosas y, por tal intromisión Dios se le presenta y a cambio de dejar de intrometerse en su camino, le da un deseo: una isla donde él será el único que dé nombre a las cosas. La moraleja está ahí, en la isla en la que cada cual es su Dios.

Más elogiable todavía fue el desarrollo de una pieza que hilvanaba uno tras otro los “dichos”, virtudes y defectos, que adosa a cada número o letra la riqueza de nuestra lengua. Sobresaliente producto literario, eminentemente lúdico, con gracia y final forzado.

En definitiva, brillante encuentro con los cuentos y cuenta cuentos de Granada, una ciudad perfecta para perderse en fábulas de castillos moros que encierran princesas  y finales felices. En eso estamos. Digo yo…

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~ por sraly en 1 junio 2009.

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