En el fondo del mar, matarile, rile rile…


Boom, boom

Noto la llamada como un  yembé golpeando mi corazón, el temblor que emana de la tierra y entra escurridizo por todos los rincones de mi cuerpo. Siento ese escalofrío del deseo que penetra hambriento por mis poros y despierta cada pelo que brinca estirado de mi piel. Es África. La contemplo cercana e inabarcable desde las playas de Tarifa. Anclo mis pies a la arena blanquecina para que el fuerte viento no me lleve y contemplo la silueta distorsionada de ese continente que, cercano, me incita al salto, a dejar atrás el Estrecho y adentrarme en sus entrañas negras. Siento esa necesidad más propia que el mundo de máscara ‘cool’ que me rodea, esa Tarifa hecha para el disfrute ajeno, reinado de los surferos, domingueros de pelo engominado, pequeños locales con intenciones ibicencas, música ‘chill out’ de cebo, un enjambre de posturas plastificadas que no contemplo como propias.

Ismael Lo desgarra su garganta en mi tímpano y me emociona. África, África. Observo el mar bravo, encrespado por ese azote que los molinos modernos intentan aprovechar para encender bombillas. Contemplo el azul grisaceo y a mi pena vienen los dos muertos (una mujer y una niña) y los 18 desaparecidos que solo unos días antes se había tragado la marea.  Muerte infantil en el fondo del mar… Canción diabólica. En el fondo del mar, matarile, rile, rile… Pienso en todos aquellos, que como ellos, forzaron un viaje hacia aquel oasis de kit surfers, opulencia, en su desierto de miseria, desesperanza y hambre que les ofreció esa caja resplandeciente que les dieron los blancos, poco más le dieron, mucho le quitaron, ese marco que muestra riqueza a raudales, héroes solo separados por esos 14 kilómetros que desgarran Europa de África, el paraíso del infierno. En 1989 aparecieron los primeros 18 cadáveres en la playa de Los Lances, la misma en la que me recosté al sol, abriendo una sangría que hoy continúa.

Esa ha sido otra de las mentiras que ha contado el capitalismo, de la que ha alimentado su voracidad, que ha contado la humanidad con ojos llorosos y espíritu tranquilo, para sustentar la desigual balanza de los ricos y los pobres, que la rueda siga corriendo. La dictadura de la económica del libre mercado pisoteando las realidades locales y las alegrías mínimas que se ahogan cuando no hay pan, no hay trabajo, no hay futuro. Ahogados por la falta de oportunidades que les ofrece Occidentepor televisión y les arrebata de sus sueños, mientras les azota con las ilusiones de un mundo de opulencias y los rechaza cuando pretenden alcanzarlo. Debajo de mi mirada, en el estrecho, descansan inertes los restos de la vergüenza del Norte. Callan, no hablan. Pocos kilómetros más allá, hacemos kit surf, tomamos mojito, bailamos bajo el cielo. La esclavitud nunca se extinguió.

inmigrante_muerto

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~ por sraly en 18 junio 2009.

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