Agua para todos


A Valcárcel le da un soponcio y envía una protesta formal a Génova por tan derroche que no acaba en urbanizaciones ni campos de golf. Lanjarón descorcha la botella del entusiasmo en la noche de San Juan, ésa que es mágica, con la Fiesta del Agua, que consiste llanamente en zambullirse en el jolgorio más primitivo a base de manguerazos. Un trasvase de alegría. Durante una hora, de la medianoche a la una, se produce el milagro, llueve de abajo arriba, de un lado al otro, de dentro a fuera… La calle principal de la población se disfraza de ‘aquapark’, de un tobogán acuático en el que miles de valientes calados comparten una terapia fabulosa armados con cubos, pistolas de agua o mangueras. El intercambio de aguadillas y chapuzones no discrimina a nadie y todo cristo termina empapado hasta los huesos. Intentar esquivar esta suerte se desvela como una tarea estúpida a los cinco segundos de ejecutarla. Es mejor ir de frente, tentar al bombero circunstancial y arrojarte a la marea sin timidez. Al rato, con la camiseta pegada al pecho, la risa brota y el frenesí se contagia en cada manantial de alegría hecho persona.

En la juerga participa todo el pueblo y parte del extranjero. Desde las azoteas y balcones de los vecinos, se arrojan cubos a mojarropa, se abre el grifo para que corra el agua y limpie de tristeza y penas las calles y los corazones de las botellas humanas que se dejan llenar hasta el pitorro. Quien va, queda ‘escoscado’ de tormentas internas e irradia entusiasmo en el chapoteo como un crío en su charco. En varios puntos de la avenida se ubican camiones rellenos de líquido que va directo a todo aquel que lo pide. No hay un centímetro en el que uno pueda resguardarse del chorro. Los niños hacen cola en las fuentes para rellenar sus armas de diversión masiva y la mayoría pide religiosamente que le envíen del cielo, o del quinto derecha, un jarrón de agua fría para paliar la noche calenturienta. El hilo de los primeros minutos engorda hasta ser riachuelo que baja por la rambla callejera. Algunos, se mojan el culo al sentarse en línea para remar en una gamarra humana, y otros refrescan su calzado

La riada desemboca en la plaza mayor, donde tres mangueras colosales impiden que se te seque la sonrisa. A la una, un bocinazo amaina el huracán y la celebración se perpetua en la noche, entre bares y comparsas, o más abajo, a la brisa de la mar, sobre la arena mediterránea, bailando en torno a las hogueras sanjuaneras. Agua para todos. Felicidad para todos. Sería una buena manera de solventar las batallas y unir a enemigos a remojo. ¿Por qué solo hay que hacerlo un día al año?

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~ por sraly en 25 junio 2009.

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