La gripe que viene y va


La vigencia de una noticia y el valor que los medios le otorgan depende de varios factores. La empatía con los protagonistas de la noticia inciden muy directamente en su dimensión. No es lo mismo que en Irak maten a X (el baile de números de un medio a otro denota falta de interés) civiles en un coche bomba que ETA asesine a un Policia Nacional. El número no importa tanto como la identificación con la víctima, el podría haber sido yo, mi padre o mi amigo. ¿Quién conoce a un iraquí o se ha dado un paseito por Kirkuk últimamente?. Las noticias tienen fronteras.
Por eso los fenómenos internacionales suelen girar a una visión local con el paso del tiempo para focalizar la atención y hacerlo próximo, decirle al lector, “oye, esto te puede pasar a tí, cuidado”, en definitiva, vender más fácilmente el producto. Cuando aparecen nuevos temas más productivos, con más enganche y audiencia, la discriminación de los medios (sobre todo audiovisuales) minimiza la atención del espectador, se traslada su espacio de las portadas a las páginas interiores, de las aperturas a las medias columnas y desemboca en los breves o la papelera de las redacciones.
En el caso de la Nueva Gripe, la pandemia fue diluyéndose en el corral mediático con el paso de las semanas, dejando su trascendencia a otros temas más de moda. Lo que parecía el fin del universo, una plaga bíblica, se fue borrando del mapa, pese a que su extensión no se frenaba y las fronteras de México, culpabilizado en sus primeras horas, se quedaron cortas para describir el fenómeno. Las muertes en terceros países no interesaban y en los informativos se pasó página en beneficio de la campaña electoral.

La primera muerte por causa de esta enfermedad mutante producida en España ha vuelto a colocar en la plana principal un problema que parecía extingido. Ningún periodista se afanaba ya en informar sobre los afectados en países lejanos, buscar en los viajeros patrios a la Riviera Maya posibles infectados o las cargas de profundidad contras las flacas medidas de la administración madrileña quedaron reducidas a la nada tras las elecciones europeas. El fallecimiento de Dalilah Mimouni, inmigrante marroquí de 20 años (nacionalidad que genera cierto distanciamiento y hasta alivio en algunos insensatos) despierta de nuevo la curiosidad por una información olvidada en el baúl de las “cosas pasadas de moda”. Lo negativo de este rebrote es que la noticia no se quede otra vez en una alerta al pánico ante una enfermedad mínimamente asesina comparada con otras (alrededor de 300 muertos según la OMS por los 2 millones que produce la Malaria al año) o que se utilice este temor psicológico para crear campañas contra el viaje al extranjero. El buen periodista escarbaría en otra dirección, miraría la dudosa atención que denuncia la familia de la afectada y la ausencia de medidas en su caso, se preguntaría por qué tuvo que ir tres veces a urgencias hasta que fue ingresada sin remedio más que para morirse o por qué se agregan terceras causas como su embarazo o que fuera asmática, para desviar las culpas.

No creo que esto ocurra en la mayoría de los casos, sobre todo en la televisión, y será generalizada la postura de la alarma social, una postura que vende más (recuerden; los medios no públicos son empresas que necesitan beneficios económicos para no provocar EREs) y que es tan mentirosa como las cifras que avergüenzan a la humanidad y silencian pandemias reales y mortales (lean por favor este enlace del maestro Gervasio Sánchez) que condenan a África, Suramérica, Asia, a esos territorios en la que la crisis es endémica, al subdesarrollo para nuestro beneficio globalizado.

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~ por sraly en 1 julio 2009.

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