En el mercado


El desvío fue inevitable a la curiosidad de mis pasos. Mis pies encontraron el atajo en el salto de mi corazón. Curvé la línea recta de la rutina y decidí poner techo a mis recuerdos. Discriminé la calzada por las escaleras rígidas que elevan su puerta en la plaza. La cuchilla de acero acristalado se dejó abrir sin esfuerzo y mengué unos centímetros al pisar ese territorio de nostalgia: el mercado.

Recuerdo ese lugar como un lienzo de colores que sobrevolaba sobre mi cabeza, una excursión dominical guiado por la mano protectora de mi mano. Ahora, las dimensiones han variado como la capacidad de sorpresa de la inocencia, la cápsula del tiempo sobrevuela bajo mi cuello y la limpieza ha reducido el rescate de la memoria a las pinturas de las verduras, los pescados y las carnes y ha diluido el tufo a sangre y matadero del pasillo de las vísceras que tanto me aterraba en la infancia. En su lugar hay puestos nuevos, urnas llenas de caramelos ante las que hubiera nadado en mi niñez, alfombras de congelados, carnicerías africanas…

Reconozco algunas caras ajadas en el podio de los tenderetes, rostros conquistados por la arruga que antes me sonreían y regalaban un plátano o un pepinillo gigante como premio a una sonrisa tímida. Pero la mayoría son extraños. Hay mucho inmigrante con delantal y recogidos en cajas (yuca, mangos, bananos…), nuevos productos que saben a nuevos tiempos, a nuevas gentes, a nuevos vecinos de portal lejano.

estambulmercadoegipciosb9Percibo el olor de las hierbas jugueteando en mi paladar y me seducen otras visiones de mercados lejanos como nuestros nuevos vecinos. Me asalta esa cabeza de camello que me miraba con ojos vacíos en una carnicería de Fez o los perfumes enlazados a un arco iris que seducían al visitante del Bazar de Las Especias de Estambul o el rugoso aroma a cuero que se esparcía por los laberínticos secretos de Marrakech o el tacto de las moscas sobre el trozo de carne reposando en la acera de Yof o el lienzo publicitario de la modernista Boquería o los famélicos cacahuetes con los que azuzaban los niños de Kaolak o el manto indígena que resguardaba la picantes chiles o los enormes tomates en Solola o escondido del furor turístico en el pabellón de Chichi. Lugares que recorrer con la mirada aventurera y el paso sigiliso, para mí sin ansias de comprar, pero con agitación de viajar por las sensaciones que se ponen en venta en un mercado.

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~ por sraly en 9 julio 2009.

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