Una mañana en comisaría


Para mi persona las 7.20 es muy, pero que muy temprano. Herida de pasado crápula (cada vez cuesta más conjugarlo en presente), pero eso de oír el trueno del despertador y a continuación comprobar que Francino sigue ahí, me mata. Hoy ha sido uno de esos pocos días en los que la responsabilidad le ha dado un estocazo a la pereza y ha servido de resorte para saltar de la cama con el sol amaneciendo por una rendija de mi persiana. He devorado de un trago el cafelito ante la cara de sorpresa de mi madre (por el madrugón y no por mi capacidad bucal) y mi legaña ha maldecido su suerte hasta la parada del 35. Destino: la comisaría del centro. Objetivo: Renovar mi pasaporte.

portetLas noticias avisaban que no iba a ser fácil, que al llegar sería Quimi Portet, el último de la fila, pero no me llevé la guitarra. Luego me arrepentí. Exactamente era el número 41 en la hilera de imbéciles legañosos. La cabeza de la serpiente había hecho noche en el campo base, decidido a atacar a las 9.00 la cumbre del DNI. Suerte que me he pertrechado con El País en un kiosco cercano y me relamo con esperar un par de horitas agarrado a la página del Tour. Pronto llegan noticias del frente. Solo unos pocos valientes tendrán número. No más de 20. El resto, a la puta calle. Confío en mi mala suerte y en caer muerto de sueño antes de cagarme en la Madre Patria cuando me digan que no hay sitio para mí en esta trinchera. No me salen las cuentas. Seré insumiso de pasaporte.

Pero es que soy de Letras y me falla la calculadora occipital. La marabunta que sale cabizbaja ante mis morros me presagia un mal fario. Que les den. Ellos venían a por el DNI, yo, viajero universal, soy asignado con el número 12 de los hijos del pasaportes. Sigo en el concurso. Entonces me veo guapetón, en forma, soy el más listo del barrio, ellas me desean y ellos me envidian. Soy capaz de cualquier cosa, incluso, con un poco de suerte a eso de las 11.00 me iré a desayunar.

funcionarioSon las 11.15. La que se ha ido a desayunar es la funcionaria asesina que tiene que hacerme los puñeteros papeles. Yo sigo a dieta. En dos horas han pasado 10 personas. El ritmo de trabajo de esta gente es demoledor. Qué estrés. Debieron vaguear antes en la sección de cultura de algún Periódico (sin apellidarse Monserrat) para alcanzar la velocidad de la luz en la ejecución de su algebraico cometido. La chica que está a mi lado, estudiante de medicina y con tarde organizada en la Fiesta de la Vaquilla,  lleva el once en la espalda y las tetas naciéndole entre la blusa y mi curiosa visión lateral (son muchas horas y hay que entretenerse con algo). El 14 está más rellenita, vive en la banqueta contigua y medita la opción de irse a tomar unos huevos con chorizo al antro colindante. Quizá, entre aguadilla y aguadilla del pan en la yema, la graciosa funcionaria se apiade de su paciencia y le firme el papeleo enredada entre un churro y un café con (mala) leche.

Peor lo lleva una señora de Casetas. Histérica, se pone a llorar como si de ella dependiese el hambre en el Mundo. Qué va, es mucho peor que eso. Su hijo había pernoctado en el chabolo policial para agarrar el dorsal 19 del DNI (Y eso que fue a las 3 de la madrugada). El tipo, de inteligencia supina, sospecho que concejal del PP en el pueblo, se largó con el papelito antes de que la madre llegara al relevo en el primer casetero. Qué tenía sueño el chaval y no podía esperar cinco minutejos más a darle la papela a su progenitora. La mujer hacia cola sin la cifra maligna, sollozando, alarmada al enterarse de que si no la tenía le iban a dar por saco. Tuvo suerte, alguien le dejó un móvil (el suyo no tenía batería, tampoco era muy avispada la pendeja), y pudo despertar a su hijo, que consiguió llevarle la entrada –más codiciada que una de los Rollings– al paraiso de las mesas. No tardó nada. Solo habían pasado dos horas desde que fue avisado de su error y aún tuvo que aguantar un rato en la sala de desesperación. Suerte que se apiadaron de ella los esforzados funcionarios, que a su ritmo, seguían tocándose su apéndice, pasando los minutos, pero no los inquilinos de la sala de tortura.

chaval12.30. Mi entrepierna empieza a inflamarse por el cachondeo que me rodea. El País ya es una árbol deshojado en mis sudorosas manos. La estudiante de medicina me sigue sonriendo en el mismo hueco que hace casi dos horas. Tiene huevos la cosa. La tipa va a hacerse el pasaporte porque se lo ha dicho su madre, no porque vaya a viajar en breve (solo a Teruel a ponerse ciega, claro). Ninguno de los penitentes ha pasado desde el anterior párrafo. El enemigo de las “citas previas” se cuela con autorización oficial en un goteo desquiciante: quizá dos o tres cada hora. Se produce la rebelión. Yo, el número 14, el 15 y el 16 emulamos a la delantera de Francia y nos lanzamos hacia el quejoso policia de la entrada buscando la línea de gol. A mi me asignan a Chaval, será por las pintas y arremeto con el sarcasmo entre mi lengua. “¿Es que ya no dan pasaportes u qué? ¿Es que no han vuelto de desayunar? ¿Si vengo con chaqueta me cuela? ¿Dónde están ahora esos policias tan majos que nos invadieron con la Expo?”. La táctica tocahuevos es efectiva y en cinco minutos la futura cirujana entra a quirófano. La ovación de aplausos que elevamos los penitentes es recriminada por el cancerbero de la comisaría. A ver si nos van a llevar presos, tú.

El siguiente soy yo. Observo que mi número centellea en la pantallita de marras y entro a cuchillo en la sala, en la que observo asombrado que de las 7 mesas disponibles, solo hay 4 en funcionamiento (para qué más, se preguntarán en Interior). Cuando llego a mi atril, un calvorota emperillado que acababa de entrar en el recinto policial y me antecedía por unos pasos me birla la silla. “Oye perdona me toca a mí”, le molesto. “Pero es que él es de cita previa”, interpele la funcionaria con el churro (que no curro)  aún caliente en su paladar. “Es que llevo desde las 7 de la mañana aquí”, falsifico mi llegada. “Pues pasa, yo puedo esperar un poquito hermano”, suelta el calvorota, al que inmediatamente presento como candidato al premio Nobel de la Paz o por lo mejos al de jefe de comisaría y hago amigo hasta la eternidad. ¡¡¡¡VIVAN LOS CALVOS!!!!

En los diez minutos que siguen me dan mi flamante pasaporte, mientras me tengo que escuchar que si está muy mal cachondearse del currante con los aplausos (lo de hacer cola toda la noche o irse a desayunar no debe contar, claro, como menosprecio funcionarial), que si acaban de implantar un novedísimo sistema de huellas informatizado que va muy lento (el mismo que estaba hace un año cuando fui a duplicar mi pasaporte robado) o que la próxima vez me pille cita previa. Pero es que ya lo hice y me dieron para el 23 de julio, un mes más tarde y para ese día ya estaré de vacaciones.

Lección aprendida: No viajes, acte funcionario.

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~ por sraly en 9 julio 2009.

Una respuesta to “Una mañana en comisaría”

  1. Ay, que yo me tengo que renovar el DNI… Ayayayay…

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