A los saltamontes no les gusta mojarse las patas


el_paraiso

En mi casa siempre fuimos saltamontes. Llegaba el veranillo y mi padre ponía el Renault Seis patas arriba. Pobre Macario. Un caracol engordado con utensilios de camping, tiendas Florida de tamaño familiar, botangas de excursionista, infiernillos de llama naranja y  demás aparatejos ochenteros con los que siempre mis hermanas y yo teníamos que compartir el abarrotado asiento de atrás. No recuerdo ninguna vacación playera de infancia, solo unas escapadas de fin de semana a Oropesa, al piso de mi tío el rico. Esas treguas no variaron mi convicción alpinista. Nunca comprendí como a los mortales les gustaba convertirse en croquetas embadurnadas de arena y pelear con la medusa leñera para bañarse de ratito a ratito en un vertedero llamado Mediterráneo (¿Por qué le cantabas Serrat a un mar de caca?). Encima mis padres encargaron mi piel a algún médico chiflado de Suecia y calzo una epidermis lechosa, que entra en erupción fosforescente de tono rojuno al recibir el impacto del rayo solero.

Pero hace tres años hallé la excepción que confirma la regla y  encontré un rincón que contradice mi ADN. Embutido en protector 50 (al menos) y cubierto con mi burca de ‘hippi neocom’  (camisetita a rayas y sandalias montañeras), acudimos a Cabo de Gata a pasar unos días que nos sobraban del bolsillo de la rutina. La sorpresa fue sorprendente. Y cojonuda. Caminante a pesar de la llamada oscilante de la marea, decidimos hacer oídos sordos y adentrarnos en unos senderos de cabras que hacían surcos en las desérticas colinas bajo unos estimulantes 40º a la sombra. Al otro lado, inesperado, hallamos un escondite secreto. Eran tres calas seguidas separadas entre caprichosos pilones rocosos, entre las playas de Genoveses y Mónsul (donde Papa Indy mandó al carajo a un escuza nazi con un paraguas, véase Indiana y la Última Cruzada). Entre los huesos petrificados de un antiguo volcán, macerados por el oleaje mediterráneo, con una arena blanca, hermana de las dunas del Sáhara, entendí mi equivocación. No es que no me guste la playa, es que no me gusta esa playa, la masificada, de torreones con alma de hormigueros, de sombrillas metidas en el ojo, del ‘niño, quita de aquí’, de plastificada figura, de tenderete dominguero. Me gusta esa otra playa, la aislada, remota, natural, que invita al estado primitivo, a la desnudez, de aguas trasparentes donde los pececillos juguetean con tus pies y donde tolerancia y la intimidad es absoluta, de sombra apaciguadora que te regala calma, relajación, te empuja a sentirse uno mismo, a ser feliz, único, aunque sea mentira, por un ratito.

En esas calas, en las que encuentras a no más de diez personas en julio, en las que la piqueta no ha querido/podido entrar y esperemos que no entré nunca pese a la envidia corrupta, sé que hallaré siempre una invitación a evadirme a tiempos remotos, a esos en los que “nuestros” padres barbudos conocían en su inocencia la libertad. Ojalá nadie se atreva a desfigurar esa sensación y Cabo de Gata se mantenga virgen como el sueño de que un mundo mejor existe. Ojalá.

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~ por sraly en 21 julio 2009.

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