Los pájaros no saben de banderas


Cuando me monto en un avión sigo unas pautas determinadas. Intento recordar otros viajes por las estrellas para confirmar la seguridad de los aparatos, controlo la respiración para reducir la velocidad del riego sanguineo, agarro (bueno, retuerzo) la mano de mi vecino para espantar la soledad y encierro mi arco de visión en la cabina para olvidar que tengo vértigo. Cuando pasa el espasmo de locura, me arrepiento de no haber pedido ventanilla y suelo escurrime, si hay, a un asiento vacío para flipar con el panorama a vista de pájaro. Me encanta localizar parajes conocidos, colocar nombres sobre las simas nevadas, los ríos serpenteantes, las ciudades minúsculas desde tan alto. Los colores me fascinan. El amarillo de Marruecos se torna marrón pálido en la península y se afianza hasta encontrar el verde hacia el Norte. En Dinamarca, la sombra del arbolado lo pinta de negro, como en la Centroamérica selvática. Alucine cruzando durante media hora la interminable Ciudad de México.

Vista de la 'Tierra Prometida' desde el Monte Nebo

Vista de la 'Tierra Prometida' desde el Monte Nebo

Lo que nunca he divisado son líneas, límites de cartabón que diferencien paises ni tronos. Veo tierra y agua, cemento y asfalto, pero no diviso barreras políticas, culturales, raciales, religiosas. Los pajaros no tendrán bandera, porque no reconocen las fronteras en su vuelo. Esta natural visión se ha repetido hoy sobre una colina pelada elevada sobre un secarral. Monte Nebo. Paraje bíblico, centro de peregrinación, donde Jehova, Dios, ofreció a Moises la Tierra Prometida, un inerte surco hasta el Mediterráneo en el que no encontre mas rayas en el suelo que las de alquitran por las que se derretían los autos. La recalificación que hizo el de allí Arriba (y que los judios ampliaron como les salió del rabino por repentimiento internacional) tiene huevos, porque el Santísimo, como los pajarracos, habita en un cielo donde no se divisan perímetros de seguridad, ni Check Points, ni muros de la vergüenza. Desde el Monte de Nebo, Palestina parecía tan libre como otro terreno de tierra esparcido con travesura por el planeta. Pena que el hombre no naciera como alas (quizá por eso se quemaron las de Ícaro) y reconociera desde lo más alto que el mundo es uno y que las fronteras delimitan su felicidad.

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~ por sraly en 6 agosto 2009.

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