Gentes


La preparación de mis viajes es milimétrica. Milimétrica, porque le quito el celofán a la guía cuando el avión ha recorrido justo eso, un milímetro, de la pista de despegue hacia el destino elegido. Esta vez no ha sido para menos. Pa’qué, oye. Aunque como soy un chico cultivado algo se sabe del pais de turno, las tres atracciones turísticas se conocen de leer El Viajero de El País o porque alguien te conto no sé que andanzas de un vecino de la prima del novio de nosequién que iba a la facultad con tu hermana. En fin, que siempre que vas a darte una vuelta por el mundo, el organigrama de actos se resume en ruinas a tutiplén, visitas a templos religiosos de fe tutifruti y parques naturales con animales y guías tutibenne. Eso es lo que llevas en la mochila en la ida…

…Y a la vuelta pesa más. Ya no por la piedra que robas en el santuario de esa Diosa rara de una civilación que rima con nabo o pito, si no por las pequeñas relaciones que se van engarzando y que son las razones más poderosas por las que cada verano te lanzas a un continente a perderte en minibuses, comer picante y habitar en hoteles con olor a meado. En esta andadura por Jordania y Siria (y Libano si el reloj lo permite) los personajes que se han agarrado a nuestra existencia, en rafagas cortas e intensas, son múltiples, de un color variado, nativos y turistas, extranjeros o nacionales, hasta aragoneses.  Quiero dedicarle esta entrada a todos ellos y a mostrarlos a mi mundo, ese que me conoce y ese que no sabe quien soy, solo para motivaros a coger el atillo y enviaros en la dirección que os lleve el corazón. Viajar, a vivir. Donde sea, aunque sea en vuestra propia habitación.

Sulleyman, el beduino

Sulleyman se esconde bajo un turbante y viste una polvorienta sábana de tono azulado. Su tez esta dorada por el sol y su ascendencia beduina. Conduce un Land Rover destartalado, que se cala. No encuentra la forma de recuperar la marcha, pero un vecino de Rum le ayuda y la máquina no se gripará más en las seis horas que durará nuestro viaje por el desierto. En las dos primeras paradas apenas habla, solo me indica el secreto para cerrar la puerta que no encaja e indicarnos las dos decepcionantes paradas de nuestro paquete turístico. En el tercer stop, un abrevadero de camellos, empieza a soltarse. Fuma sin parar Winston Light y descubre unas gafas de motorista californiano. Sonríe al comprobar que nos movemos con la música que ‘pincha’. “Beduino”, se afana en repetir. En la cuarta parada, cuatro piedras que venden como la casa de Lawrence de Arabia por esos lares, se destapa el tarro de la confianza. Nos hacemos una foto los tres y al rato nos invita a tomar un té. Es un lugar marcado con ceniza en la roca y una vista impresionante, que habrá visitado con otros turistas empaquetados en mil ocasiones. Busca ramas secas y enciende el fuego. El cardamomo bailotea en una tetera oxidada. Durante el ritual comenzamos un tercer grado que acepta y al que da la media vuelta como un calcetín. Gana 150 al mes (nosotros pagamos 100 por estar con el), tiene 10 hermanos, vive con todos ellos en una aldea cercana, su padre murió hace casi 10 anos. Quiere casarse pero no tiene novia. “No tengo dinero”, alude como causa. Nunca ha salido del desierto, solo un año estuvo en Amman, en la policía. Su cara delata que no le gustó la experiencia. Las tazas se suceden y el tiempo se relaja. No terminaremos nuestra ruta, pero conocemos a Sulley. Coge mi móvil, revisa mi memoria (‘éste es tu padre’, pregunta al señalar una foto de mi tía) y luego se pone a hacer fotos. Hace que posemos, posa con nosotros. Le encantan las fotos. Cabecea cuando le decimos que se las enseñaremos a chicas españolas, por si alguna cae. Proseguimos la marcha. Nos confiesa que le encanta la escalada y que ha subido tres veces el pico más alto de la zona, una pared horizontal que quita el hipo. En el siguiente punto se quita las sandalias y demuestra ser un gato. En una roca curva, granítica, se desplaza totalmente erguido, de puntillas, volando. Se quita el turbante y muestra una pequeña melena. Llegamos al cámping y cada uno se pierde en el atardecer. Por la noche, observados por mil estrellas, nos calentamos junto a una hoguera, bebemos té y probamos la narguille. Sulley saca un laud y empieza un concierto íntimo. “Beduino, beduino”, repite. Canta fenomenal. Y sonríe.

Pan de Alepo

Es tarde y el estómago aprieta. La andaba nocturna nos ha descubierto la belleza de Alepo, su bazar semicerrado y la desorientación nos ha llevado a una puerta mameluca de recodo defensivo. Estamos lejos de donde decidimos cenar y el hambre nos llama. El olor de un horno hace que inspiremos curiosidad y nuestro cuello se alarga para ver el interior del local sin parar nuestros pasos hambrientos. Pasado el oasis, de su intestino, alguien lanza en árabe, ‘entrar, entrar’. La invitación nos convence. Dentro, hay dos panaderos. Uno mayor, con ligera barba blanca, regordete y una calva que oculta con redecilla más litúrgica que higiénica, y otro joven, alto y musculado, con camiseta de tirantes. No hablan inglés, pero la comunicación se entrelaza con signos y buena predisposición. Les falta tiempo para llenarnos las manos con vaso de té y uno de esos bollos que acaban de sacar del horno. ‘Estaremos aquí toda la noche’, contestan nuestra pregunta. Trabajan mientras nos prestan atención. El veterano corta con un metal alargado una masa dúctil y da forma redondeada a los cachos. El joven recoge su resultado y espolvorea semillas de sésamo sobre cada dulce antes de alinearlos en una bandeja que acabara en el horno. Nos muestran como van creciendo los pasteles en la sauna. Un trabajo agotador. ‘Toda la noche’, repite mientras nos fuerza a beber una segunda taza de té reponedora tras el sofoco del horno de gas. Aceptan hacerse una foto antes de despedirnos. Retomamos la ruta con el paso más ligero y el estómago recompuesto. Y la sensación de placer.

El veterinario

Las Ciudades Muertas están llenas de misterio. Unas 700 construcciones paradas en el tiempo, abandonadas desde hace veinte siglos sin una respuesta concreta que esperan al viajeros diseminadas entre Hamma y Alepo. Su visita obliga a varios trasbordos en furgonetas. Faltan seis kilómetros para llegar a Serjilla y no aceptamos la oferta desorbitada del último taxista por llevarnos hasta las ruinas. Caminamos por la ácera esperando una rebaja, huida como cebo del regateo. Un Audi gris, impoluto, se detiene a nuestro lado. “¿Dónde vais?”, pregunta en inglés el solitario conductor al bajar la ventanilla. Le presentamos nuestra dirección, la contraria a la suya, y abre la puerta trasera. Subimos y maniobra en mitad de la polvorienta calle y nos lleva hasta nuetro destino. Los muros oscuros de piedra anuncian que nos acercamos a Serjilla. El conductor desvela que es veterinario, que trabaja en el norte de Arabia Saudi, pero que está unos días con su familia en Siria. Alcanza los cuarenta años y viste una túnica blanca de corte sencillo. Tiene mujer y dos hijos, que nos muestra a través de las fotos de su móvil. Se detiene cerca de una casa que ha aprovechado una pared de una ruina. Baja del coche y al momento vuelve con las dos manos repletas de higos. Nos los ofrece. Están calientes pero sabrosos. Desvío a la derecha y fin de viaje. “¿Cuánto tiempo necesitais para la visita?”. Nos obliga a quedar con él una hora más tarde. Puntual llega a su cita de regreso. Nos pregunta si queremos ir a algún otro yacimiento arqueológico, pero para nosotros es suficiente. Pone como rumbo nuestro punto de encuentro. Antes hace una nueva parada. En una tienda de comestibles. Compra dos zumos de mango que nos ofrece y que bebemos antes de despedirnos. “Si vais a Arabia no dudeis en llamarme”, recalca al entregarme su tarjeta.

Jaime, el suramericano

Un pequeño quetzal vuela en su pecho. La camiseta blanca del comité olímpico guatemalteco luce en un entorno de manchas y contornos mal pintados de un edificio con cicatrices abiertas de la guerra en sus ventanas y muros. Jaime se ilumina entre el sombrio entorno al reconocer el idioma que es suyo. “Viví casi diez años en Colombia y unos tantos en Guatemala. Tengo la triple nacionalidad”, afirma en un castellano americano detrás de la recepción de su destartalado hotel. Indaga en nuestra procedencia mientras rediseña los mapas de su habitación para nuestra comodidad. Saca varias camas de una de los tres dormitorios y deja solo cuatro armazones, dos sin colchón, que serán nuestra madriguera en Beirut. El marco de la puerta está pintado a modiscos. Unas inquilinas rusas protestan al observar la maniobra. “Estos señores habían hecho reserva”, se justifica Hassan, su verdadero nombre, para ocultar nuestra preferencia y anunciar a las eslavas que tendrán que dormir otra noche en el balcón. La conversación se enreda entre un té verde que cultivan en la azotea. Las palabras se amontonan entre historias del pasado. Jaime huyó del Líbano por la guerra, buscó refugio en Suramérica, ganó dinero en comercios y ahora ha vuelto hace unos meses para explotar este hotel de tercera fila que se nutre de los turistas que no cubre los locales que anuncia la Lonely. Lo gestiona con su socio, un señor de sonrisa fácil al que Hariri malcompró su hotel en la zona centro para derribarlo y contruir otro de cinco estrellas. “Ese suelo vale ahora cien veces más que cuando lo vendió”, explica Jaime para explicar porqué a su socio no le gustaba Hariri, el “mejor presidente que hemos tenido”, se enfrenta Jaime. Ambos son drusos, católicos y reconocen en los extremismos, en cualquier extremismo, cercano o lejano, suyo o de otros, el mal del Líbano y del planeta. “Bush solo hizo una cosa buena en su vida, echar al ejército sirio del Líbano”, concreta, mientras su socio no para de decir “Bush good, Bush good”. La tercera taza de té cae (al final viajará una raiz de la planta con nosotros a España) mientras Jaime cabecea y no cree que el 11-M fuera causa de Al Qaeda. “Eran musulmanes, pero detrás estaban otros, a los que les interesaba que España saliera de Irak”, disemina su teoría de la confabulación, mientras nos azuza para probar un orejón de melocotón.

La luz de Fátima

El laberinto de sus pasadizos secretos, torres, estancias húmedas invita a una curiosidad infantil. El Crac de los Caballeros es un castillo de recovecos interminables y aspecto esbelto inalterable al paso de los siglos. En uno de sus pasillos abovedados que se abre a una ventana mirador, unos gritos solicitan mi atención. Miro hacia arriba, donde solo el techo espero, y distingo cuatro rostros luminosos oprimidos entre los rayos de luz que insisten en perforar un hueco en la piedra. Un bellísimo rostro femenino, de ojos grandes, cubierto por un pañuelo blanco, me invita a subir. Es Fátima. En la azotea del vigía aparecen más caras curiosas que insisten en la charla. A los pocos minutos compartimos bailes y risas. “Somos palestinos, refugiados en Siria”, desvela uno de ellos. son unos 15. Desenfundan el móvil para intercambiar números y fotografiar las escenas coreográficas y las bromas. Son incansable. Fátima se aproxima, se quita una pulsera y nos la entrega. “Un regalo, para que os acordeis de nosotros”.

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~ por sraly en 16 agosto 2009.

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