Gentes (II)


Mónica y Suomi

Habría que inventar una nueva tabla numérica para alcanzar la generosidad de puntos de luz que agujerean la noche de Wadi Rum. Como las balas en el gran bazar Al Hamidiya de Damasco, los mínimos surcos centellean en un cielo que se convierte en una pantalla de cine que hechiza los ojos. La hoguera languidece y la narguille apura sus últimos humos con sabor manzana. La fiesta neduina no puede contraprogramar la película del firmamento parpadeante. La décima estrella fugaz se me escapa en la dirección opuesta a mi atención y es jaleaba con gracia infantil por Mónica. Ella es una peruana con aspecto japonés. Como Fujimori. “Sí, lo conozco”. No es que sepa quien es ese político por el telediario, sino que al corrupto se lo presentaron, es amigo de la familia. “Pues lo siento”, le doy el pésame.

Mónica no pierde la sonrisa. Forma parte del contingente de turistas empaquetados que hemos parado a esas jaimas en mitad del desierto jordano a cambio de una suculenta propina. Mónica come como un gato. Agazapada en su cuerpo, atrapa sus pedazos del plato en una posición defensiva y mira hacia abajo con contención, como para no molestar, como si hiciera algo malo. Sumisión asiática. Vive en Japón, raíces de sus antepasados emigrados a Machu Pichu, y dentro de unos meses emigrará a China. Su sombra es un estirado finlandés cuyo polisilábico nombre reducimos a un apodo que vuelve a apretar el resorte de la risa de Mónica: “suomi”. Se conocieron en Japón, donde él estudia su pasión por Asia. Llevaban varios meses sin verse y este viaje es especial para ellos. La singular pareja es contagiosa en entusiasmo y rarezas. Él no habla nada de castellano, pero está enganchado a Los Serrano. Ella activa su memoria para tararear a coro las infantiles canciones de antiguas series de dibujos animados (Marco, Heidi, Campeones…). Otra estrella fugaz.

Unas semanas más tarde, en una encrucijada de terrazas de Damasco, reconozco su gorra al estilo revolución cubana y la llamo: ¡Mónica, Mónica!. Es de noche y no encuentran una cama entre todos los hoteles baratos de la zona. La urgencia de la oscuridad acorta las declaraciones y reduce el cruce a un intercambio de emails y la afirmación que Japón/China/Perú/Finlandia será nuestro próximo viaje.

Este sería el último capítulo de nuestra historia si no fuera por un cráneo con gafas que atravesó el cristal de un taxi en la estación norte de Amman. Suomi acude sin saberlo a nuestra cita con el autobús que nos llevará un poco más cerca de España. Él volará a Helsinki vía Estambul. Nos ofrece una litrona de zumo de tamarindo mientras nos resistimos a pagar un euro más a un taxista camuflado apoyado por la mentira de la policía con los horarios del bús. La conversación con Suomi se alarga tres horas más en la sala de espera del Aeropuerto Queen Alia: nos dice que encontraron hotel en Damasco, que juega de portero al hockey hielo, identifico su ideología cercana a la mía, que Mónica volverá mañana a Japón… El adiós no me suena a punto y final de este pequeño pedazo de mi vida.

Samira, la periodista asiria

Chico Marx desayunaría en un camarote de Oriente Medio. Nunca falta un huevo duro entre el yogur líquido y las mermeladas para untar en un pan de pita. En ocasiones el té se adereza con aceitunas bien condimentadas. Nutrientes para empezar el día, como aquel en Homs. Al pedir la cuenta, lo que suponemos una paisana, por el linaje de su piel, se acerca y nos hace un cuestionario escrito por una bruja. ¿Vais al Crac?, pregunta como leyéndonos nuestra mente. Nuestra afirmación se precede de una invitación para recorrer el trayecto juntos. Aceptamos.

Cuatro horas y idas y venidas por, seguramente, el castillo más apasionante que resiste intacto sobre la faz de la tierra, nos enteramos que Samira es asiria, que no siria, que vive en Suecia, donde su madre emigro y que trabaja de… periodista, en un canal local de Goteborg. Habla asirio, árabe (que no utiliza para rebajar la entrada a los centros turísticos), sueco, inglés, alemán y español casi a la perfección. Una máquina. En su trayecto por la mole cruzada prefiere acotar el ritmo de sus pasos y admirar en silencio la lejanía invitada por los rincones y las atalayas que salpican el castillo. Hace pocas fotos, graba más en su pequeña cámara de vídeo, como si estuviera haciendo un reportaje (quizá era así) y atiende a una conversación que se extiende por numerosos temas. Es una mujer de discurso, calmada e inteligente. Nos cuenta que los asirios, como los kurdos, conforman una civilización que se extiende por Turquia, Siria e Irak, pero que la represión de su religión (son católicos ortodoxos) y cultura les ha obligado a la diáspora y el destierro. No es el primer viaje de retorno que ella hace a su tierra prometida (incluso estuvo en Israel, lo que es obligado obviar para entrar en Siria). Pero los asirios no tienen amigos importantes y su tanto su lucha como su genocidio ha quedado ahogado en el silencio y el olvido desinteresado. De regreso a Homs, nuestro caminos se bifurcan. Guardaré su tarjeta en mi pequeña bolsa. Pronto la usaré.

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~ por sraly en 30 agosto 2009.

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