Hambre


La camiseta me huele a fritanga culpa de unos calamaritos rebozados. Menú socorrido a siete euros en Bar La Goleta, barriada devorada por el centro y arrinconada entre la antigua muralla y el cauce enterrado del Guadalmedina. Al segundo tinto de verano te invita la casa, por orden del dueño, Antonio para todos. El señor de al lado añade un ‘que aprovessse’ a su despedida. Las lentejas de primero estaban gloriosas. Banquete de jubilado y albañil. La imagen están tan repleta de arrugas y monos de manchones a lunares como el ambiente cargado de humo de Ducados y de los vapores espesos de la cocina. Adicto a los antros. Almuerzo en plena crisis en un arrabal de gitanos y pícaros.

Cerca queda la oficina del paro. Más de una hora y media para cambiar un puto dato. La sala de espera está abarrotada y los apenas treinta asientos de plástico negro no dan abasto para los pacientes desempleados. Una adolescente avanza hasta un mostrador arrastrando un carrito. Un bebé de unos tres meses llora. Los dos visten un chándal Nike. La criaja observa las ofertas en un paquetillo de folios con las puntas dobladas y apunta un par de números mientras azuza a su crío para que se calle. No deja de entrar gente, mientras en las mesas el ritmo es igual de cansino que te da tiempo para pensar que podrían colocar a varios parados a rellenar impresos y acelerar el proceso. El periódico escupe datos de millones de desempleados que se enredan en la dialéctica política que mucho aburre y poco soluciona.

Son fotografías de la crisis en occidente, donde las penurias son largas colas y vacaciones más cortas. No veo más vagabundos por las aceras o el recrecimiento del chabolismo. Perdonen mi ignoracia y mi absoluta intolerancia de parado sin apuros (ni posesiones a plazos) aquellos que sufren y se ven con la soga al cuello, me solidarizo con los problemas de todos aquellos azotados por los despidos o por la soga de una letra gigante o una hipoteca asfixiante. Repito, disculpen por no referirme a ellos. Pero la dirección de estas frases apunta a la diferencia sustancial del sufrimiento global que azota a los ‘otros’, a los olvidados, a los siempre olvidados.

no-al-hambreEn el periódico de hace unos días no ocupó más de media columna la noticia de un récord. Récord funesto. Por primera vez en la humanidad sobreviven 1.000 millones de seres humanos que pasan hambre, una pandemia que pocos minutos de ‘prime time’ consume salvo cuando en las Navidades consumimos nuestra solidaridad con el suelto que nos devolvieron de la factura de turrones, abetos con iluminarias y pavos trufados. La balanza sigue rebosando para un lado, hasta en la crisis, amigos. Mientras unos maldecimos nuestra suerte y nos preparamos para salir del hoyo el próximo año o al otro, por debajo de nuestros pies, pisoteándolos, sigue malviviendo una multitud silenciosa pese a no tener nada en la boca. Los políticos que dominan el mundo (si son ellos y no otros), los líderes del G-8 anunciaron (el portavoz fue Berlusconi, ¡horror!) la urgente promesa de dar alimento a los desfavorecidos. ¿Cuántos años llevan diciendo lo mismo? Zapatero aceptó el pulso de liderar la lucha contra el hambre en su próxima presidencia europea. Quizá por eso manda a Moratinos de viaje a Guinea para cerrar acuerdos petrolíferos y no hablar de los problemas alimenticios, de pobreza y democracia de la dictadura ‘amiga’ de Obiang. Los últimos datos indican que en dos meses poco se ha hecho y que menos se hizo cuando el lado ganador, el amo, sonreía mientras contaba sus ganancias. Los hambrientos no llaman a nuestra puerta, son invisibles, no son un problema.

Recuerdo que hace unos meses disfrute del documental ‘Garapa’ en el Festival Cines del Sur de Granada. Con una fotografía en blanco y negro, con mucho grano, la película de José Padilha consiste en el seguimiento a varias familias empobrecidas de zonas agrícolas y urbanas cuyo sustento eran los frigoles y la garapa, bebida que combina agua y azúcar, que no llegaban con la ayuda mensual y gubernamental contra el ayuno y se agotaban a los veinte días. La escasez de dinero y empleo y la abundancia de hijos y alcohol parecen un cóctel que no alcanza a solventar la maquinaria de la economía de Brazil, una de las pocas que no ha entrado en recesión en este periodo de caos mundial, y la salvación del progresismo de Lula, ecuación que se repite en India o China, donde la miseria se reproduce con idéntica aceleración que se elevan rascacielos y previsiones macroeconómicas. Parece que la historia que retrata ‘Garapa’ tiene 1.000 millones de pesonas. Tranuilos, la mayoría viven en el Sur. Pero al menos no tienen que hacer la cola del paro.

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~ por sraly en 21 septiembre 2009.

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