La chica de mi clase


Fue inevitable fijarse en ella. Era la nueva. La cara que no encajaba en el puzzle del jaleo del primer día en el instituto. Cuando cruzó la puerta mi mirada se depositó sobre ella de forma natural y obligada por su belleza. Me colapsó al primer instante. No me la pude sacar de la cabeza en los meses siguientes, sentada en su taburete garabateando su pupitre, sonriendo en mitad de la lección, cuchicheando con sus amigas en los recreos, dejándome engañar con su sutil indiferencia a mi vigilancia. Intenté acercarme a ella sin que el resto de los compañeros notaran nada extraño. Poco a poco nos fuimos acercando, escalando la barrera que separa a los desconocidos, encontrando lugares comunes donde la charla se hacía amena y divertida, encontrando el roce cómplice de nuestras manos en un accidente rebuscado. Congeniábamos. Un día nos atrevimos a quedar fuera de las aulas con la excusa de corregir unos ejercicios. Ambos tejimos mentiras en casa para justificar la ausencia por un encuentro furtivo que certificó nuestro amor con un profundo beso. No me la podía quitar de la mente ni del corazón, de mi piel, de mis labios, de mi deseo. Los días fueron pasando en el secreto de un amor que manteníamos encerrado con la llave del pudor y el sueño de escapar hacia abrazos desnudos.

Cuando llegó el momento de conocer a su padre me temblaban las piernas. Estrechó mi pálida mano e intenté domar mi garganta temblorosa en el saludo. No tardó en freirme a preguntas. Fue directo a lo que quería saber.

–¿Piensa que Carolina tendrá la nota suficiente para entrar en medicina, profesor Matías? ¿Cree que podrá entrar en la universidad?

–No se preocupe, su hija es muy inteligente, sabe lo que le gusta, acerté a contestar.

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~ por sraly en 26 octubre 2009.

2 comentarios to “La chica de mi clase”

  1. Me encanta las historias que escribes. Ésta, la del padre de familia que salía a correr, la del asesino a sueldo, étc.
    Aunque pueda intuir por dónde vas a salir, no es hasta las últimas frases cuando lo averiguo.
    Sólo quería decir eso. Un saludo.

  2. Los elogios me abruman, en serio. Muchas gracias, Cris, sigue leyendo, para que siga escribiendo. Un beso

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