Mi vecino del metro


Pensaba que era una leyenda urbana, un chascarrillo de prensa carroñera que le acusaba de tacaño, de no gastarse los durillos con desparrame y opulencias. Decían que José Luis López-Vázquez viajaba en metro y que administraba con mano de hierro el tesoro de una carrera de decenas de películas. Ojalá, pensé, algún día me lo encuentre en la línea celeste bajando a la Puerta del Sol o en la circular yendo a la facultad, en la que fuera, la misma ilusión me haría. Pero para mis adentros no me creía nada. Habladurías.

Maduré la manía de situarme en el mismo punto del andén. Tenía acostumbrado a mi cuerpo a la rutina de entrar primero al vagón y salir al trote, subir y bajar las escaleras corriendo, haciendo algo de ejercicio, razonaba, como si fuera una carrera que solo yo conociera y no soportara quedar segundo. Así que, normalmente, con hora puntual, accedía al mismo vagón y reconocía algún rostro que coincidía con mi calendario diario. Esa mañana, al abrirse las puertas, contemplé que había espacio y un par de asientos libres. Me dispuse a tomar uno de ellos. Al reposar mi culo, comprobé que había aprisionado un trozo de tela. Era el abrigo del vecino del metro. Reaccioné como un resorte y levanté mis posaderas, girando el cuello para escupir unas disculpas aceleradas y desmotivadas. Al enfocar la mirada, comprobé que ese rostro arrugado, de pupilas diminutas sujetadas por unas ojeras profundas y mostacho canoso era un clásico. Era López-Vázquez. No respondió a mi socorrida y descreida lamentación y solo percibí un gesto huraño. Me supo a gloria. Pasé el resto del trayecto con una sonrisa traviesa que se escapaba por la comisura de mis labios, sumergido en ese falso simulacro de desinterés que amuerma a todos los viajeros del metro, pero mirando tontamente el reflejo del cristal de enfrente para certificar que la leyenda urbana era de carne y hueso. Un par de estaciones más tarde, el anciano intérprete se bajó y me dejó ese regusto a que algo grande ha pasado, que el día ya merece la pena.

Este fin de semana Don José Luis López-Vázquez cogió el metro hacia ninguna parte sin saber que se paró hace tiempo en la parada infinita de nuestros recuerdos y nuestra admiración.

Si quereis ver este trozo de Luna de Avellaneda, a partir del 2.50, aparece una emotiva escena de despedida de este pequeño gran actor.

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~ por sraly en 3 noviembre 2009.

Una respuesta to “Mi vecino del metro”

  1. Viva el teatro! Y el arte y el conocimiento en general, así que, para cuándo una entrada en tu blog del insigne FRANCISCO AYALA, granaíno universal allá donde los haya!

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