A un dedo de la felicidad


El riachuelo rojo serpenteaba por los trozos desiguales de patata. No sentí dolor. Me quedé en silencio observando la punta de mi índice apuntándome desde la encimera. Me costó reaccionar. Enrollé la mano en una toalla, metí el apéndice cercenado en un vaso con hielo y llamé a la ambulancia. En una hora estaba ingresado en un hospital público cerca de una autopista tan congestionado como mi vida. Un cirujano alto me explicó con más resignación de la que sentía que me tenían que amputar una falange, que no me quedaría mal, que nadie se daría cuenta, que podría trabajar sin problemas, que en quince días estaría haciendo vida normal. Sus razones eran innecesarias. Ni nadie me esperaba para darse cuenta, no tenía ninguna intención de trabajar y menos podía calificar mi existencia de normal desde que me abandoné en esa capital que no me conocía y a la que solo le pedía el anonimato.

Me operaron esa tarde y amanecí solo en mi habitación con una exagerada venda ocultándo la carnicería. En los siguientes cuatro días solo vi al cirujano, que se congratulaba por el éxito de la operación, pronosticaba una rápida recuperación y el inicio esa misma tarde de las curas. “¿Hoy tampoco ha tenido visita? ¿Quiere que avisemos a alguien? ¿Sus padres, quizá?”, investigó como la alcagüeta del cuarto derecha. Cabeceé y aparté los ojos. No me gustaba su mirada.

A las siete se abrió la puerta y apareció una enfermera. Joven, aparentaba mi edad, entró con una sonrisa y un torrente de palabras que me empapó mi silencio. Desenvaló el regalo y comenzó a embadurnar con potingues el pequeño muñón, mientras insistía con la charleta desenroscando unas palabras amables de mis labios. La tertulia se repetió durante los días siguientes, siempre a las siete. Poco a poco me fue embaucando. Me contó que llevaba solo un mes trabajando en el hospital, que era un buen puesto, que compartía piso con otras dos enfermeras, que a una la conocía de la facultad y que la otra era de un pueblo cercano al suyo. Me contó que añoraba a sus padres y sus amigos, que pronto tendría un permiso para ir a verlos, que la ciudad le había hechizado, que iba tres veces a la semana al cine, la última una de comedia romántica de un actor muy guapo que no conocía. Hablaba, pero no preguntaba. Ella consumía todo el diccionario y a mí solo me dejaba los monosílabos. Eso me gustaba. Un día me llevó un libro. ‘Te gustará. Es de un escritor húngaro’, me dijo. Su mirada me mataba, me daba la vida.

El cirujano volvió un viernes para darme una mala noticia. Me darían el alta al día siguiente por la mañana. Podría volver a casa, como si eso fuera mi deseo. Comí con desgana el plato de lentejas caldosas que se repetía por tercera vez esta semana y un filete empanado por fuera y congelado por dentro. El reloj avanzaba esta tarde lento, burlándose de mí, desdiciéndose de su lentitud de la noche, que pasé en vela devorando la novela regalada. Las manecillas señalaban las siete menos cuarto. Sentí el corazón acelerado. Era una despedida, pero desde hace años no quería que alguien se fuera de mi lado. Debía hacer algo. Al abrirse la puerta no apareció ella. Otra enfermera, mayor, sin sonrisa ni palabras, me retiró la venda por última vez mientras domaba con aspereza mi insistencia. ‘Tenía un permiso de tres días para irse a su pueblo. No te puedo decir más’.

El sábado amaneció nublado y sin sentido. Cogí el autobús hasta casa con el tomo húngaro como único compañero. Al apretar el botón de la próxima parada noté que tenía que hundir un poquito más mi acortado índice para encender el letrerito rojo. Esta vez la soledad no vino a protegerme al entrar en casa y odié cualquier presencia que no fuera ella. Las patatas cortadas se pudrían en la encimera acogiendo un nido de insectos. Al acercarme al fregadero divisé los restos de sangre seca que acababan en el afilado cuchillo que me la había presentado y ahora me ofrecía una respuesta. ¿Y para qué sirve un meñique?

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~ por sraly en 26 noviembre 2009.

Una respuesta to “A un dedo de la felicidad”

  1. Te has inspirado en el último capítulo de HOSPITAL CENTRAL, esa serie de culto con actuaciones tan logradas (pero que me encanta! soy lo peor!!)?
    Por cierto, no mencionas para nada las mamellas de la enfermera… no te hagas el sensible jejejejejeje

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