El limpiador


Andrés era extremadamente maniático con la limpieza. No soportaba ver una mota de polvo en los cristales, pasaba la mopa tres veces al día y gastaba un envase grande de cera para abrillantar suelos de madera cada semana. Se había comprado un pequeño aspirador de mano para recoger las migas que caían a la encimera y, meticulósamente, guardaba todos los tarros de la comida en los armarios por un orden estricto, enfermizo. Al fondo colocaba aquellos ingredientes que menos utilizaba, los paquetes grandes de sal, la harina y el pan rallado, después estaban las legumbres y más adelante iba poniendo las pastas, el arroz, los frutos secos para las ensaladas. Tenía productos para todas las superficies y materiales, quitamanchas para el sofá de piel, un espray especial para muebles lacados, una crema con olor a lavanda para el desinfectar los grifos, la espuma coreana para eliminar la grasa al horno. Rascaba con impaciencia la placa de la vitro hasta que quedase como si estuviera recién puesta. Sabía que no le gustaba que goteasen líquidos sobre su precioso y barnizado parqué. Por eso, al aparcar frente a su casa, dejé el arma en el coche. Esta vez mis manos harían el trabajo.

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~ por sraly en 10 diciembre 2009.

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