Espíritu navideño, no gracias


Mi vecina del segundo lleva mechas rubias estranguladas en una coleta y pielas de mercadillo a tono con los pendientacos de aro. Es la Belén Esteban de esta nuestra comunidad. El otro día me la crucé por la escalera. ‘¿Dónde vas tan guapa?’, escruté. ‘A ver las luces’. ¡Joder!, pensé, qué mística o quizá la ‘cani’ se ha metido a una secta de androides y su gurú le ha prometido un viaje interestelar de liberación a cambio de una cuota sexual. O quizá la pobrecita se iba a tirar del puente para abrazar a Dios y eliminar con un salto al vacío su dura vida de cajera de hipermercado. ‘Has visto lo que me ha dicho esta, debe estar mal de la cabeza’, pregunté a mi parienta. ‘Se habrá ido a ver las luces del centro. Con lo bonitas que están. Es que no tienes ningún espíritu navideño’, dijo Guadalupe Watson desvelando el misterio de la ‘cani’ alucinada.

Pues va a ser que no, que no lo tengo, que lo perdí en algún bolsillo agujereado de mi infancia o en la falta de compromiso católico con la que me eduqué. Perdonen los creyentes y los dirigentes de grandes superficies, pero soy insumiso de la Navidad. No le encuentro la belleza en contemplar las lucecitas de colores con las que decoran las calles, ni quiero colgar de mi balcón un Papa Noel del chino o instalar bolitas en un árbol de plástico, ni siquiera me hace ilusión colocar el belén ni ir de ronda para observar los que los bancos e iglesias exhiben con el cepillo a mano. Tampoco soy mucho de recibir o comprar regalos, esa fiebre se me pasó, y comer y beber me gusta a diario, no por ley. Me resbalan las reuniones familiares y las felicidades obligatorias. Sí, quizá soy un soso, un ‘desustanciao’, pero no me motivan estas fechas. Al menos, confieso, me gusta el turrón duro.

Incluso debo ser tan malvado que mi reflexión llega mucho más allá y me pregunto por qué cuando alcanzamos diciembre, oficialmente, el país, por no hablar del mundo, tiene que disfrazarse de este aroma a consumismo y religiosidad a la fuerza, sin contar las verdaderas creencias de cada uno y parece que no tengas otra alternativa que morir por la tradición. Muchos me dicen que me olvide de los rasgos religiosos de estas fiestas, de la celebración del nacimiento del niño dios, y que centre mi visión en los buenos sentimientos que rodean a estas fechas, solidaridad caduca e hipócrita y que, a mi parecer, más parecen como una tregua mentirosa que un comportamiento que nace del buen corazón de las personas. Me dan nauseas cuando veo a los futbolistas hacer el mono por el bien de África (muy loable el motivo) o ver a Florentino Pérez en un anuncio para motivar a los plebeyos a rascarse el euro para colaborar con una buena causa. Los multimillonarios, capaces de despilfarros mayúsculos, de gastarse el presupuesto de un país en un futbolista engreido, nos dan lecciones de moralidad. ¡Ah!, perdonen, otra vez el espíritu navideño. Debe ser por eso que no lo entiendo.

La Navidad tiene algo de aprendizaje porque tiene a los niños como eje central del argumento, el niño dios, que me dicen, son los niños que corretean por los pasillos de las casas y antes de los supermercados marcando los productos que quieren devorar para no ser menos que el hermanito, que el vecino o el compañero de clase. ¡Es la guerra! Es una época de aprendizaje para el consumidor, para engordar la avaricia.

Navidad, blanca, Navidad // El Roto

Tal despilfarro privado y público (lucecitas con dinero de todos en un país laico, recuerden) sería bien utilizado en otras acciones de solidaridad que no necesitan encuadrarse en diciembre para ser efectivas. La conciencia social no se activa solo por unas semanas y bajo el manto de una religiosidad falsa, donde las iglesias están vacias y cada vez hay menos vocaciones, en un país que estéticamente se atreve a quitar los crucifijos de las clases (ojalá prohibieran los belenes también, señora ‘Norma Duval’ Cospedal y vivieramos en un país laico de verdad), pero en cuyos cimientos sigue habitando unos valores católicos rancios que nos retienen hacia una moralidad libre: hablamos de libertad sexual, de maltrato femenino o del concepto de familia.

Y por eso, porque intento ser mínimamente consecuente, dentro de mis numerosas contradicciones, no me da la gana tener espíritu navideño. He dicho.

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~ por sraly en 24 diciembre 2009.

2 comentarios to “Espíritu navideño, no gracias”

  1. Insumisión navideña!!! Enhorabuena, es el post que más me ha gustado de todos los que has escrito. Y de “desustanciao” nada de nada!

  2. Es verdad, desustanciao no, sieso! jejejeje. Propongo crear el grupo de liberación navideño kajajjajaja! Eso sí, las lucecitas ni tocarlas! Si no a ver qué excusa encontramos para dar un paseo con la que está cayendo!

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