Malas noticias


Había conducido por esa carretera mojada horas y horas persiguiendo ese beso. La caricía de sus labios le había mantenido en pie esa mañana y la otra y la anterior y la siguiente. Su mujer era su tesoro, quizá lo único que le había salido bien en la vida. Realmente, ella era su vida, su latido. No tenía ya nada más. Nunca se lo había dicho y nunca se lo diría. Al llegar a casa ese mediodía el olor del guiso le recibió en el rellano del segundo. Respiró hondo antes de girar la llave y adentrarse en su mentira.

Los dos solos comían delante del televidor. Solos. Pensaron hace años en adoptar, pero fue él quien se negó, egoísta por perder el monopolio de su amor. Sara sonreía, siempre se mantenía con buen humor y nunca se quejó de que en esos más de veinte años él eligiera su carrera a darle una familia. Aceptó su papel secundario a cambio de verlo feliz. Ahora él se arrepentía cuando la veía tan sola.

–¿Qué tal el trabajo? ¿Ha llegado ya el nuevo pedido de Alemania?, preguntó ella.

–Sí, con este encargo tendremos para un año más en la fábrica, contestó brevemente él.

 –Qué bien, con la que está cayendo. Mira Pedro, a la calle con 53. ¿Y dónde va a ir ahora?

No paraba de hablar. Solo se detenía para atender a las malas noticias y describir el próximo viaje que harían juntos, su pequeño capricho. Este verano tocaba un cruzero por Escandinavia. Esa semana tenían que pagar los billetes. Del fiordo siempre pasaba a censurar sus platos, que si le ha faltado una pizca de sal o se le había quemado un poco el arroz, que no volvería a comprarle al ladrón de la carne, todo mentiras piadosas para recibir ese ‘no seas tonta, está buenísimo, como siempre’ que era su recompensa antes de que él la dejara por la sección de deportes del diario. El Depor había perdido y este año tampoco subiría a Primera.

Al verla asomada por la ventana viendo como se alejaba, no pudo evitar que las lágrimas se confundieron con las gotas de lluvia. Nunca le había dicho lo que sentía realmente por ella, que la quería hasta la mentira, lo que era por ella. Tomó su coche y condujo por una carretera que había memorizado hasta un pueblo fuera de la provincia. Sabía que a esa hora en la joyería solo habia una empleada porque había estado allí, vigilando, desde hace semanas, pocos días después de que le despidieron. Aparcó a una manzana. Se encontró su reflejo en el retrovisor, las arrugas que se escurrían por su frente y el pelo de ceniza. No tenía salida. Sacó de la guantera el pasamontañas y la pistola de plástico que esa mañana había comprado en un chino. ¡Valdrá!, quiso convencerse. Antes de salir, cogió su móvil y le escribió un mensaje: ‘No te preocupes si llego un poco tarde esta noche, los chicos de la fábrica quieren celebrar lo del pedido de Alemania’.

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~ por sraly en 5 enero 2010.

4 comentarios to “Malas noticias”

  1. Qué pena! Te voy a querer siempre, aunque cierren la Opel. No te pongas a atracar un banco que seguro que dejas pelillos azules por ahí y te pillan. Te quiero grandullón!

  2. Jajajajaja!!!!

  3. Hermosa historia, aunque yo no me fiaría de los productos comprados en un chino. Seguro que el pasamontañas transparentaba.
    Salut

    • Jajajaja… Tienes razón, seguro que al entrar en la joyería le dice la dependienta, qué tal señor Antonio????
      Un abrazo y gracias por el comentario y el calificativo. Sígamos manteniendo el hilo enhebrado

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