Tetas


Decía mi madre que hasta pasados los tres años no pudo destetarme. Siempre exigía mi ración de leche diaria y chupaba con tanta fiereza que aún ahora mi madre me recrimina que desde entonces tenía las tetas caídas. Le dejaba las marcas de mis pequeños dientes como si fuera un áurea de sus pezones. Fue el primer testimonio de mi vida sobre mi pasión por las tetas gordas, grandes, enormes, gigantescas.

Cuando venía mi tía Mamen a casa mi madre siempre me regañaba por ser tan descarado con la mirada. ‘Carlos, que se te van a salir los ojos’, decía. Toda mi familia materna estaba compuesta por vacas, en las bodas, bautizos y comuniones me colapsaba con tanto pecho suelto. Me tenían loco. Pero la hemana menor era de la que le colgaban las tetas más tremendas. Eran exageradas. Me traían por el camino de la amargura. Me embobaba con su contorno redondeado y su bamboleo me hipnotizaba. Cuando programaba una visita, siempre buscaba un nuevo chiste, contra más verde mejor, entre el catálogo de los graciosos de clase para soltarlo en mitad del café que le gustaba tomar ardiendo, como yo. Mi tía Mamen reaccionaba con una risa desbocada, tan grandiosa como su par de poderosas razones, que acompasaban mi humor con un baile excitado. Eran como las de Sofia Loren o la Jurado. Me había bajado todas sus películas.

Por la calle iba siempre atento para divisar unos buenas mamellas. Ese nombre me mataba de risa. Hasta en los días más nublados llevaba mis gafas de sol para cubrirme mejor y disimular mi espionaje de las tetas que pasaban por la calle o se apoyaban en una mesa cercana o detrás de un mostrador. Estuvo muchos años entrando a una mercería por lo pechugona que estaba la dependienta. Compraba cordones de colores que luego guardaba sin usar en un cajón del salón. Más de una vez perseguí a la portadora de unas domingas generosas. Tanta era mi obsesión, que con 14 años le pedí a mis padres una pequeña cámara para mi cumpleaños, con la que hice una colección de ubres que observaba todas las noches antes de que me venciera el sueño.

En mi habitación fueron amarilleando los posters de Samantha Fox que había colgado mi hermano mayor y conseguí en el rastro uno de Sabrina Salerno. En youtube había visto el programa de Noche Vieja en la que se le salió un seno mastodóntico. Tan grande como el de Violeta, mi compañera de pupitre en 4º de la ESO que me dejó palparle su ennegrecido pezón en el viaje de estudios. Su tamaño no me dejó dormir durante miles de noches.

Así que imaginaros el día que cumplí los 18 y al salir de la clínica, me vi delante de un espejo. Esas dos eran mías. Y de nadie más.

Anuncios

~ por sraly en 21 febrero 2010.

2 comentarios to “Tetas”

  1. Nunca entendí la obsesión por los pechos porque tengo dos que me vienen de serie, sin embargo reconozco que he leído muy buenos relatos sobre ellos, y este es uno.
    Buen final y espero que las disfrutara.
    Salut

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

 
A %d blogueros les gusta esto: