El muñeco cofrade


Hoy he entrado a una tienda a comprar un recipiente para hacer tartas. Tenía la intención de hacer una que queso. Cuando estaba en la cola para pagar, he pasado cerca de un estante con barritas de incienso y aceites aromáticos. Encima de la balda de los productos relajantes había una especie de colmena de cartón donde se acurrucaban unos muñecos vestidos con una capucha. Mi primer pensamiento ha sido de sorpresa, sin identificar el motivo por el que había cubierto al bebé de plástico como si fuera a atracar un banco o a perseguir a unos esclavos negros huídos por las llamuras de Alabama. Entonces he despertado en la realidad. Vivo en Málaga, falta poco para la Semana Santa y recuerdo cómo me reí cuando mi novia se asustó del maniquí encapirotado que habita en un balcón del centro como reclamo para una tienda de crucifijos. Lo siento, pero sigo sin acostumbrarme a esta explosión de cofradismo que me intentan explicar que más tiene que ver con la tradición o el mero hobbie que con los fines religiosos.

Pero me cuesta, lo tolero, pero me cuesta. Me cuesta estar en el autobús y escuchar en un recorrido de 15 minutos tres móviles diferentes con tonos de cornetas y tambores que hablan del amor a la muerte. Me cuesta que un niño de 12 años me diga que de mayor quiere ser legionario. Me cuesta que a un bebe de pocos meses lo vistan de nazareno cuando sus padres solo entran en la iglesia para bodas, bautizos o comuniones. Me cuesta que un grupo de homosexuales sean fervientes creyentes en el seno de una institución que no los acepta. Me cuesta que me justifiquen que acuden a las procesiones porque les gustan las esculturas, cuando luego me confiesan que nunca han entrado al Museo Picasso.

Me repiten que a la gente lo que le gusta es sociabilizarse, pertenecer a un grupo como el que se apunta a un equipo de fútbol o a un curso de flamenco. Que si es una cuestión genética, heredara. Que es lo que han conocido de críos en el pueblo o en el barrio. O incluso una forma de entrar en el mundo de la música. Que si es una forma de identificarse como malagueño. Y una promoción turística cojonuda. Como digo lo tolero, pero me encuentro con caras de ‘tú es que no lo entiendes porque no eres de aquí’, de rotunda desaprobación cuando muestro mis críticas, a las que tachan de intolerantes sin argumentos, a este evento religioso e impuesto desde hace años hasta llamarse tradición y la masificación que hace que durante una semana toda una ciudad se tape los ojos con una capucha. Como la que le ponen a los muñecos. Y a ellos.

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~ por sraly en 18 marzo 2010.

3 comentarios to “El muñeco cofrade”

  1. A mí también me cuesta, y eso que ya me siento un poco malagueña y todo… Menos mal que al final compraste el recipiente para la tarta de queso 😉

  2. Bueno… te quito la etiqueta de intolerante!
    Ah! Sólo me queda un argumento para que te medio guste la semana santa… ¿qué me dices de la asimilación de la cultura morinchi, presente en estas tierras tantos sigos, bajo la forma y el delicioso placer de los pestiños, empanadillas, rosquillos y demás manjares de esta peculiar fiesta?

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