Urtain


Hace una semana pude ver en Marbella la nueva puesta en escena de Animalario, la afamada ‘Urtain’. La obra del transgresor grupo madrileño fue la gran ganadora de los Premios Max al obtener nueves de los doce galardones a los que optaba.

La obra nos lleva en un progresivo flashback de la muerte al nacimiento de José Ibar ‘Urtain’, campeón de los pesos pesados a principios de los 70 alzado como mito por la maquinaria franquista y caído en desgracia con la democracia hasta acabar suicidándose saltando de un balcón en su modesto piso del Barrio del Pilar. Urtain es la metáfora del ‘juguete roto’, un campesino de la Euskadi más rural que solo habla euskera y ques feliz levantando piedra, pero que acaba engañado por todos para personificar el símbolo del inculto que con dos huevos llega a la cima, proverbio del triunfo del franquismo, propaganda nacionalista de una dictadura que agonizaba.

La puesta en escena es excelente, con un ritmo frenético que traslada al espectador por la vida de Urtain por una senda de sentimientos que empatizan con la desgracia del exboxeador, olvidado por todos tras ser despojado de su sencilla libertad: levantar piedra, vivir en el caserio. La agilidad de la narración, con una excelente iluminación, se ayuda, como decimos, de la inserción de vetas cómicas, como la aparición de Raphael cantando ‘Mi gran noche’ (canción que me persigue cada viernes por la noche), con el tono de lástima que refleja la figura de Urtain, un toro que realmente era un cabestro al que le decían por dónde tenía que ir hasta llevarlo al matadero. La interpretación de Roberto Álamo sostiene el éxito de esta producción de Animalario, que también cuenta con la participación de los conocidos Alberto San Juan y Raúl Arévalo, secundarios que revolotean alrededor del protagonista para dar vida a distintos personajes, entre los que hallamos otros famosos de la época o una señorita con poca ropa que pasa el cartelón de asaltos y cuya presencia fue calificada como machista por mi acompañante femenino. Álamo ha hecho un trabajo de metamorfosis de eso que tanto gustan a los americanos, ‘hormonando’ su cuerpo a base de chuletón y guantes apretados para convertirse en el Morrotxo de Cestona. El acento está conseguido, al igual que los golpes que se pega con la lona, menos dolorosos que los que le dio la vida a Urtain.

La pieza se desarrolla dentro de un ring, cuadrilátero de pelea y ficción, España cuadriculada, cárcel de cuerdas, circundado por la imaginativa decisión de colocar dos gradas de espectadores en los laterales del escenario. Los actores interactúan en este espacio intercambiando sus papeles y desarrollando una historia que termina desvelando claves en su final, que es el principio. Se van pasando por las distintas etapas de la vida de Urtain, del olvido, al apogeo, del descubrimiento a la infancia y los maltratos.

Curiosamente, en un reciente viaje al extranjero, por casualidad, en un bar conocí a un antiguo boxeador que, vestido con un chaquetón elegante, mostraba a todo aquel que le invitara a un trago el anillo de oro que le habían regalado cuando entró en el Hall of Fame de una asociación de boxeo y se hacía fotos emulando que impactaba un gancho sobre sus admiradores, movidos por la lástima y la añoranza del héroe. En ese país no vivieron la dictadura y la posterior democratización que Urtaín refleja en su recreación de España, la de los dos cojones, pero sintetiza el triste cuento de los ‘juguetes rotos’, aquellos que un día manejamos para que nos hicieran reír y luego olvidamos en cualquier rincón incapaces de salir corriendo.

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~ por sraly en 1 junio 2010.

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