Menos Pipi y más música


Considero que uno de los fallos más habituales en la involución del ser humano recae en la imperiosa necesidad de esperar el halago en tercera persona para ratificar la sensación de éxito propio. Quiero decir, necesitamos que alguien nos diga lo guapo que somos, en vez de confiar en nuestra autoestima e ir por la vida sin complejos. La opinión en tercera persona está sobrevalorada, quizá por no querer aparentar cierto egocentrismo o vanidad que pega mal si no eres un personaje mediático.

Aplaudo a esos personajes que salvan al mundo y después se van a casa a tirar la basura, los superhéroes de barrio, de Kiko Veneno. Me resbalan esos que insisten en la recreación artificial del aplauso cuando, lo merezcan o no, piensan que deben captar el protagonismo y no se mantienen en la dignidad de las sombras, del segundo plano, del triunfo de la modestia.

Este viernes estuve en Creasound Mestiza 2010, algo así como un festival de música celebrado en el Auditorio Rocío Jurado de Sevilla, el de la Expo 92. ‘Algo así’ porque me topé de morros con uno de esos individuos tan indeseables que necesitan para él los elogios de otros. No sé si era sólo el presentador o su ascensión sobre el acto era mayor, era el organizador o algo así, pero fuese lo que fuese, este tipo demostró ante miles de personas cómo alguien no debe comportarse encima de un escenario. Para empezar porque nadie pagó los generosos 25 euros de la entrada para verle la cara y porque su presencia repetida e insoportable rebajó la calidad del espectáculo de los verdaderos protagonistas, los músicos. Este señor, que no sé si en Sevilla será conocido o simplemente le gusta aparentar algo que no es, quiso hacerse el gracioso en sucesivas apariciones en escena para presentar a los grupos, avivar los aplausos del público emporrado para solicitar un bis o echar del escenario a los artistas cuando se pasaban de la hora y de la raya, que de esas sí que parecía que sabía más. Su enfrentamiento en vivo y en directo con los chicos de O’Funk’illo resultó lamentable y levantó las iras de este señor que desde abajo parecía, por las pintas de pijo casual, falta de gracia generalizada y el hinchamiento de su vena, un Pipi Estrada de Segunda.

De los conciertos decir algo. No llegué a los teloneros y empecé la noche con el concierto de El Bicho algo avanzado. Parece que es la gira de despedida que, curiosamente, terminarán en Istán, un pueblecito de la Costa del Sol. Como las otras veces que los he visto, me fui con la sensación de que a este grupo le sobra el cantante, otro que la goza siendo admirado. El Bicho es un grupo notable en la ejecución musical, que si hubiera coexistido con las bandas a las que suena (Triana, Alameda, Pata Negra, Smash…), no hubiera estado muy lejos del sonido de sus ídolos. No obstante, reconozco el valor del cantante, Miguel Campello, como showman, más ahora que parece que ha dejado de lado cualquier tipo de rapeo. Veremos qué proyectos tienen por separado y si el nota del cantante no da el salto hacia otros horizontes como me temo.

Luego aparecieron D’Callaos, grupo que no conocía y que no me entusiasmó, pero tampoco me pareció insoportable. La idea de fusión que pueden transmitir con su merchandising no es tan real como muestra su afiliación musical, más cercana a Santana que al flamenqueo remezclado. Vale que tienen una guitarra española en escena, la cual o no la enchufaron o casi no se aprecia en el directo (habrá que probar sus trabajos de estudio que se pueden descargar gratuitamente en su web), pero su alma es eléctrica, con toques que rozan el rock duro, y sobrevuelan los ritmos latinos con sus ¡3! percusionistas y su guitarrista solista, que se debió de caer en una marmita de Black magic woman. Anima el tinglao la voz cantante, valga la redundancia, de la cantante, que tiene una centrifugadora como pelvis y un tono bello. Eso sí, les faltan tablas y están a un nivel inferior de madurez que sus compañeros de cartel, pese a las ganas.

Los O’Funk’illo fueron los que rompieron el concierto. Su descarado pulso con el organizador y los espasmos que sufrió el Pipi Estrada mencionado tras observar que no abandonaban el patio de su casa aunque se lo rogara de rodillas (Sevilla, cuernos en el aire) reventaron la noche y pusieron de su lado a un público entregado con la vuelta a los ruedos de sus ídolos. Musicalmente no son de mi agrado, aunque tienen todo para ser un banda de alto nivel: tanto el bajista, como el guitarrista y el bateria son grandísimos solistas y afinan el estilo funky-metal-reagge que destila su música, apoyada en el buen toque de los coros y de los metales. Pero les falta algo, un toque de seriedad, menos pachangeo y no exprimir una única frase cachonda en las letras del 99% de sus canciones. Pero bueno, su lucha contra el poder establecido, con el cantante dejándose llevar por la ola de brazos del respetable o el ‘Que me chupes la polla’ de los Rage con dedicatoria Pipinesca, fueron, sin duda lo mejor del Festival.

Lo malo es que esa exaltación y el bajonazo de la noche porrera y litronera, hizo que el concierto de los Ojos de Brujo quedara descafeinadísimo. Ayudó el pésimo trabajo de los técnicos, que quizá tuvieron que enlazar cables y afinar instrumentos a contrarreloj tras el alargamiento de los O’Funk’illo, pero que provocaron que los micros de las voces estuvieran muy bajos o, directamente, se acoplasen. Tampoco colaboró que faltaran cuatro miembros de la formación catalana (¿quizá por ajustarse al presupuesto del festival?), sobre todo el percusionista, Xavi Turull, un máster cuya ausencia se notó ampliamente, además del segundo guitarra y del segundo teclista/trompetista cubano, así como los platos y el extra de animación que siempre da DJ Panko (la quinta ausencia fue la del sevillano Tote King en su colaboración en ‘Donde te has metido’). Eso añadido al bajón de los espectadores, que aplaudieron más las breves apariciones de la bailaora que el esfuerzo del grupo por caldear un ambiente de resaca, y los fallos técnicos provocó que el mejor de los grupos que se presentaba tuviera una noche deslucida, pese a los intentos de Marina La Canillas y Maxwell de levantar la cosa. Unos profesionales en toda regla. Una pena que casi nadie interpretara su esfuerzo y calidad pese a todo. Eso sí, Pipi salió de nuevo para dejarse ver y hasta quiso incorporarse al grupo como percusionista socorrido. Qué triste. Qué lamentable.

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~ por sraly en 22 junio 2010.

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