El Pirineos Sur se deshiela


En los últimos años he creado la sana costumbre de ir al menos un fin de semana al Pirineos Sur. Personalmente es un Festival que me gusta porque no se centra en la música convencional y gracias a él puedes ver en directo grupos que difícilmente se desplazan a otros escenarios o descubrir bandas de otros países que si no fuera por este espacio solo sonarían a los odídos de los más entendidos. Encima el ambiente suele ser muy majete, con las actividades paralelas, los conciertos gratuitos y la típica acampada en la que se conserva una atmósfera diferente en un marco tan especial como el Pirineo aragonés.

En esta edición, los organizadores marcaron su mirada hacia los ritmos de Centro y Suramérica, con platos fuertes como Molotov, Aterciopelados, Fito Páez o Calle 13, que se calló a última hora del cartel sustituido por la Mala Rodríguez. Sin embargo, yo sólo estuve desde el último jueves, asistiendo al concierto de  El Señor Coconut and His Orchestra (jueves), los malís Afel Bocoum & Alkibar y Toumani Diabaté (sábado) y Bloque 53 (domingo). Excluí mi presencia el viernes porque a La Mala la tengo muy vista y, personalmente, su directo descubre las carencias de la rapera andaluza que saltó a la fama con su disco Alevosía hace ya siete años sin confirmar este éxito desde entonces.

El jueves fue el día que mejor me lo pasé porque el Señor Coconut es una grupo para bailar desenfadadamente y porque era nuestra primera jornada y andábamos frescos. En el concierto ya vimos que ese no iba a ser un Festival multitudinario y que las concentraciones de años anteriores no se iban a repetir, algo que se agradece por una parte, pero que desluce el buen ambiente que se suele o solía crear en Lanuza. La nueva instalación, bunquerizada con unas vallas metálicas en una zona en la que ya no puedes ver el concierto de ‘gratis’ desde las colinas adyacentes y más alejada del casco del pueblo reconstruído como una postal alpina, resta además algo de encanto, aunque es más funcional. Lo dicho, el Señor Coconut es una big band de versiones entre los ritmos latinos y el tecno más soft cuyo objetivo es el disfrute y el baile sin desenfreno. Estuvo muy bien, la verdad.

El sábado llegaron vientos africanos con dos grupos de Malí. Afel Bocoum y sus músicos entraron en primer lugar para ofrecer esa mezcla de sonidos tradicionales de la parte atlántica de África y guitarras bluseras que te hacen pensar que fue primero el huevo o la gallina, es decir, si los africanos llevaron su ritmo al nuevo continente o estos se han contagiado de la evolución norteamericana. Con esa repetición contínua de agudos, el concierto fue mejorando y al público le gustó el espectáculo, animado por la formidable actuación del percusionista que tocaba la calabaza y un divertido miembro que sacaba sonido de un pequeño violín tradicional de Malí. Le siguió en el escenario su compatriota Toumani Diabaté, maestro máximo de la kora, el arpa africana de 21 cuerdas que tiene una calabaza de caja de resonancia. Pese a desplazarse con una muleta, su virtuosismo quedó constatado junto a una brillante reunión de solistas entre los que destacaba un excelente percusionista del tan-tan, un sensacional balafonista (el balafón es un xilófono africano de madera) y un guitarrista que se notaba que se había criado escuchando a Chuck Berry. Sin embargo, creo que el concierto no alcanzó las expectativas generadas por varias razones. Quizá por el frío ambiental, por el exagerado control de Diabaté sobre toda la banda como si fuera un auténtico director de orquesta lo que hacía emanar una falta de improvisación y espontaneidad, además de las largas pausas entre las ya largas composiciones para afinar los instrumentos. No obstante, su interpretación tuvo momentos célebres, en los que Diabaté, quizá al darse cuenta que el ambiente flojeaba o no alcanzaba el contagio de sus ‘teloneros’, soltó más las riendas de su control y el espectáculo fue más fluido. Eso sí, cuando se ponía a tocar la kora en solitario la mar de sensaciones que manaba de sus dedos te impactaba en el alma.

Del domingo poco hay que decir porque poca gente se quedó al concierto final de Bloque 13, un grupo de salsa formado por suramericanos y catalanes. No serían más de treinta los bailarines que se quedaron a una despedida que mejor hubiera sido que se hubiera trasladado a Sallent. La imagen era desalentadora y poco pudieron hacer los chicos del grupo ante un público, eso sí, entregadísimo y ejemplar.

En general, y aunque mi visión se limite al último fin de semana, creo que esta edición de Pirineos Sur ha sido sacudida por los efectos de la crisis y ni el cartel era tan atrayente como en el de otras ediciones ni tampoco la gente se ha animado a plantar la tienda para vivir unas semanas de buena música en un lugar tan bonito. Los comentarios de los lugareños, que se congratulaban que este año sí podían aparcar sus coches en el casco urbano de Sallent y no a varios kilómetros, como pasaba en años anteriores, o la poca aglomeración que había en los chiringuitos, donde siempre te encontrabas a la misma gente (los únicos que repitieron los cuatro días fueron los propietarios de los tenderetes), constata la baja afluencia de público, que quizá hubiera sido mayor de entrar en el cartel algún grupo con más pegada. Sin embargo se agradece también esta ligereza, aunque, si además de ir al Festival tu objetivo es hacer algo de montaña, el bullicio nocturno de la acampada libre sigue siendo lo suficiente sonoro para desvelar a los madrugadores sin importar que también ahí el número de tiendas flojeara.

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~ por sraly en 31 julio 2010.

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