Una siesta con los Wittgenstein


Cuando uno va a la frutería y pide un kilo de naranjas, al llegar a casa y hacerse un zumo con la fruta quiere que Valencia le brote por la garganta. Si la naranja le sabe a higo o a ciruela, pues se coge un cabreo de dos pares de narices e irá de vuelta al mercado con ganas de versionar con cítricos las penurias del Cipotegato.

Hay cosas que las esperamos porque son de una manera, porque estamos acostumbrados a que sean así, con su envoltorio y su forma, y cualquier mínimo cambio nos chirría. Seguramente, la mayoría de la gente poco entendida fue el pasado fin de semana al Teatro Cánovas a saludar a la barriobajera Aída y no pensaban coincidir en escena con otra cosa que no fuera con los chismorreos y saliera de esta ama de casa con familia numerosa y gra’s’iosa cuando se enteró de que Carmen Machi regresaba a Málaga. Querían ver en carne y hueso las payasadas arrabaleras con las que ocultan los domingos por la noche en Tele 5 que el fin de semana está a punto de pedir la extremaunción. Así que esa mayoría de analfabetos teatrales (me incluyo en esta categoría) nos quedamos chafados cuando ante nuestros ojos se desplegó una sosa obra que pretendía retratar a la sociedad burguesa de la Viena de principios de siglo. La monda lironda, el acabose comparado con el Luisma y el Bar Reinolds a todo trapo de chascarrillos de Esperanza Sur. Este fallo de cálculo llevó a muchos espectadores a estamparse con una letanía de casi tres horas en las que la repetición de argumentos valían como un potente anestesiante o, mucho peor, como una certera pastilla para dormir a caballos percherones si no estabas adaptado a la dialéctica cargada de plomo del autor. El libreto de ‘Almuerzo en casa de los Wittgenstein’ viene con un papelito perfectamente plegado, un prospecto en el que se refleja la peligrosa que señala la coincidencia de su  ingesta con una mala noche pasada. La soñera te invade, a la espera de que en cualquier momento Aída se gire hacia tu jeta y te diga: ‘Pirngao, has caído. Era solo una broma’.

Pero será mi incultura y mi desconocimiento de la extensa obra de Thomas Bernhard, el literato austriaco que escribió esta obra en 1984, pocos años antes de morir y que relata el supuesto hecho biográfico en la vida de su compatriota, el filósofo Ludwig Wittgenstein, que no andaba muy bien de la mollera y escribió un único libro: el Tractatus logico-philosophicus, crucial para entender las andanzas de los ingeniosos chicos del Círculo de Viena. Los momentos en los que empieza a cambiar los cuadros de la estancia que es el único escenario y el instante en el que no para de hablar mientras come un dulce que sale escupido de su bocaza de paciente recién salido del psiquiátra animaron al aforo a soltar la carcajada que esperaban desde hace tiempo y, a mí, me despertaron de la pesadez del primer acto. Y es que yo hubiera hecho como los hermanos Marx y su contrato de la parte contratante, para quedarme con un hilillo de papel y ahorrar al personal los minutos en las que las dos hermanas van recalcando con diferente fonética que una no quiere a su hermano en casa y que la otra está encantada con su vuelta. No era tan difícil de resumir.

En fin, que, reitero, debo ser un inculto teatral o no le pillé el puntillo o la metáfora, la verdad. Porque entiendo que Carmen Machi no va a ser toda la vida Aída y los que fueron a contemplar un circo barriobajero tendrían que acudir a estas veladas con la mente más abierta, lo que no quita que la obra fuera soporífera y poco enriquecedora a mi parecer. Machi podría seleccionar mejos sus papeles si quiere cambiar de enfoque. No tiene que matarnos de risa, pero tampoco de aburrimiento.

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~ por sraly en 29 octubre 2010.

Una respuesta to “Una siesta con los Wittgenstein”

  1. Buena crítica. Me la apunto para no ir.
    No he visto la serie, de hecho no veo ninguna pero es cierto que a veces los actores quieren dejar tan atrás un personaje para que el público no los encasille y acaban consiguiendo que los añoren.
    Salut

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