El secreto

•4 diciembre 2010 • 2 comentarios

‘Era raro, ese vecino era raro’. Los vecinos nos informaron de que apenas hablaban, guardaba un escrito silencio en los encuentros comunales. No hacía más de unos meses que habitaba ese piso. Calle céntica. El casero recibía el cheque puntualmente. No se hizo más preguntas. La señora de la limpieza no notó nada diferente. Dos visitas a la semana para fregar los platos, hacer una lavadora y quitar el polvo. ‘¿Encontraste mapas?’. Cabeceó afirmativamente a nuestra pregunta. Seguimos su pasos para encontar evidencias. Nunca alteraba su ruta. Nuestras sospechas fueron adquiriendo cuerpo real hasta que decidimos entrar en su piso. Su secreto sería desvelado. Unos rollos de mapas aéreos en el armario, datos de las rutas en el ordenador, un título de piloto y un simulador profesional de vuelo. Cuando volviera a casa le detendríamos. Lo habíamos descubierto. El controlador no se saldríac on la suya.

El diputado

•14 noviembre 2010 • 1 comentario

Pedí ir solo. Ya no había motivo para escoltas. La seguridad del partido, como todos, tendría que entregar las armas después de la firma. Era lo acordado semanas atrás. La paz sería nuestra última victoria tras años de lucha. El camino había sido largo, el tiempo que costó convencer a los más reacios a abandonar las trincheras para entrar en la vida democrática. Los golpes policiales nos habían debilitado, pero el ahogo político era más duro que la tortura o el exilio. En las cárceles los presos pedían una solución para salir a la calle lo antes posible. Meses después hasta el más radical me confesó que tenía razón, que era la única salida.

El ministro había organizado un acto simbólico, pero el trato estaba cerrado tras miles de conversaciones clandestinas, aireadas a los medios afines a cuentagotas cuando era necesaria una cortina de humo para ocultar la nueva cifra del paro. Al gobierno le venía fenomenal un pacto para colgarse una medalla con la que le estaba cayendo en los sondeos ante las inminentes elecciones. Nosotros saldríamos de la madriguera y retornaríamos a las urnas. Al aparcar frente al ministerio, respiré profundamente, miré mi antiguo coche y saqué de la cartera la foto que representaba todo aquello por lo que había merecido la pena tanta lucha, mi sueño, el Cadillac que me compraría con el primer sueldo de diputado.

Una siesta con los Wittgenstein

•29 octubre 2010 • 1 comentario

Cuando uno va a la frutería y pide un kilo de naranjas, al llegar a casa y hacerse un zumo con la fruta quiere que Valencia le brote por la garganta. Si la naranja le sabe a higo o a ciruela, pues se coge un cabreo de dos pares de narices e irá de vuelta al mercado con ganas de versionar con cítricos las penurias del Cipotegato.

Hay cosas que las esperamos porque son de una manera, porque estamos acostumbrados a que sean así, con su envoltorio y su forma, y cualquier mínimo cambio nos chirría. Seguramente, la mayoría de la gente poco entendida fue el pasado fin de semana al Teatro Cánovas a saludar a la barriobajera Aída y no pensaban coincidir en escena con otra cosa que no fuera con los chismorreos y saliera de esta ama de casa con familia numerosa y gra’s’iosa cuando se enteró de que Carmen Machi regresaba a Málaga. Querían ver en carne y hueso las payasadas arrabaleras con las que ocultan los domingos por la noche en Tele 5 que el fin de semana está a punto de pedir la extremaunción. Así que esa mayoría de analfabetos teatrales (me incluyo en esta categoría) nos quedamos chafados cuando ante nuestros ojos se desplegó una sosa obra que pretendía retratar a la sociedad burguesa de la Viena de principios de siglo. La monda lironda, el acabose comparado con el Luisma y el Bar Reinolds a todo trapo de chascarrillos de Esperanza Sur. Este fallo de cálculo llevó a muchos espectadores a estamparse con una letanía de casi tres horas en las que la repetición de argumentos valían como un potente anestesiante o, mucho peor, como una certera pastilla para dormir a caballos percherones si no estabas adaptado a la dialéctica cargada de plomo del autor. El libreto de ‘Almuerzo en casa de los Wittgenstein’ viene con un papelito perfectamente plegado, un prospecto en el que se refleja la peligrosa que señala la coincidencia de su  ingesta con una mala noche pasada. La soñera te invade, a la espera de que en cualquier momento Aída se gire hacia tu jeta y te diga: ‘Pirngao, has caído. Era solo una broma’.

Pero será mi incultura y mi desconocimiento de la extensa obra de Thomas Bernhard, el literato austriaco que escribió esta obra en 1984, pocos años antes de morir y que relata el supuesto hecho biográfico en la vida de su compatriota, el filósofo Ludwig Wittgenstein, que no andaba muy bien de la mollera y escribió un único libro: el Tractatus logico-philosophicus, crucial para entender las andanzas de los ingeniosos chicos del Círculo de Viena. Los momentos en los que empieza a cambiar los cuadros de la estancia que es el único escenario y el instante en el que no para de hablar mientras come un dulce que sale escupido de su bocaza de paciente recién salido del psiquiátra animaron al aforo a soltar la carcajada que esperaban desde hace tiempo y, a mí, me despertaron de la pesadez del primer acto. Y es que yo hubiera hecho como los hermanos Marx y su contrato de la parte contratante, para quedarme con un hilillo de papel y ahorrar al personal los minutos en las que las dos hermanas van recalcando con diferente fonética que una no quiere a su hermano en casa y que la otra está encantada con su vuelta. No era tan difícil de resumir.

En fin, que, reitero, debo ser un inculto teatral o no le pillé el puntillo o la metáfora, la verdad. Porque entiendo que Carmen Machi no va a ser toda la vida Aída y los que fueron a contemplar un circo barriobajero tendrían que acudir a estas veladas con la mente más abierta, lo que no quita que la obra fuera soporífera y poco enriquecedora a mi parecer. Machi podría seleccionar mejos sus papeles si quiere cambiar de enfoque. No tiene que matarnos de risa, pero tampoco de aburrimiento.

La respuesta

•17 octubre 2010 • 2 comentarios

Al salir del agujero, el filtro de las gafas de sol defendió sus ojos de los contínuos flashes y de las filas de dientes postizos sedientos de un par de puntos más en los sondeos. Unas sonrisas hechas hombre despachaban abrazos en la ridícula silueta que no engañaba la verdad de que nunca antes se habían puesto uno de esos cascos. El enjambre de preguntas dejó de zumbar cuando el señor presidente le invitó a romper el silencio de meses de oscuridad ante los ojos del Mundo.

Y señalando el agujero, les dijo:

–¡Ya pueden ir pasando ustedes! ¡Hay sitio para todos!

La mirada

•11 octubre 2010 • 2 comentarios

Pasadas a las ocho Maruja venía a recoger a Ricardito, el mejor amigo de mi Fermín. En casa hacían los deberes y, si terminaban la tarea a tiempo, les dejaba engancharse un rato a la Play. A Maruja, vecina de la casa de enfrente, me dejaba al niño desde que su marido se estampó con el camión cargado de orujo y la dejó tranquila, sin moratones y con su sonrisa gaditana y el papelón de un adolescente en flor. Trabajaba en una peluquería en el centro y por las tardes le hacía de niñera de su criatura de doce años. Hasta hace unas semanas le había negado la propina por el cargo de los bocadillo de Nocilla que Ricardito devoraba con ojos golosos, pero ahora me cobraba las rebanadas con un corte moderno a la semana y una sesión de depilación que áun me daba vergüenza pedirla. ‘Aguanta, hermosa, que el dolor ya te lo compensará tu Antonio con polvos mágicos’, acompañaba Maruja a cada tirón de cera.

A la despedida corría al dormitorio. Me sentaba en penumbra en la silla, esperando que pasaran los minutos, frente a las dos camas, separadas desde hace años, cuando Antonio prefirió los susurros deportivos de la radio al roce de mi cuerpo en ruinas. Sobre la colcha descansaba muda su ropa, preparada para la mañana siguiente, ausente como él, silenciosa e ignorante de mi nuevo peinado y del secreto imberbe de mis ingles, como de tantas cosas.

Nerviosa, un chasquido metálico al otro lado de la ventana me anunciaba el momento. Corría indiferente las cortinas para invitar la compañía del atardecer mientras desbotonaba la blusa y dejaba deslizarse la falda hasta el frío de la baldosa. Cuidadosamente retiraba las medias, el sujetador y las bragas nuevas que había comprado en el mercadillo. Apuraba los segundos hasta disfrazarme con la bata, sabedora que por las rendijas de la persiana vecina se colaba la mirada curiosa de un niño de doce años que ilumaba un paraiso perdido con sus ojos golosos.

La escalera

•6 octubre 2010 • 3 comentarios

97, 97 peldaños. A cada paso su recuerdo se deslizaba al siguiente, siempre más rápido que yo, como el día que salió con un portazo que me encerró en la soledad. Cuanto más rabia descargaba mi pisaba, más brillaba burlona la sonrisa en su reflejo. Nunca la atrapaba, nunca volvía a mí.

‘No te quedes en casa. Ve a correr, a nadar, sal con los amigos. Sé activo. Por ejemplo, no tomes el ascensor, sube por las escaleras. Haz deporte. Viaja’.

El consejo del psicólogo se quedaba en el rellano del cuarto, donde esperaba dócil y paciente la madre que con sus protectores cuidados y atenciones pretendía sin conseguirlo rellenar un hueco interminable. 

‘Mamá, repásame el dobladillo de los pantalones nuevos y lleva la chaqueta al tinte. Me voy de viaje’. Aceptó el encargo con una sonrisa en lo que entendía era diagnóstico de esperanza, de cambio de aires.

Las cortinas bailoteaban rebeldes con el viento que entraba por la ventana. Estiró el cuello al vacío y no encontró escaleras retorcidas. Ni su recuerdo. Ni su sonrisa. Solo un largo peldaño hacia la calma.

La inversión

•22 septiembre 2010 • 1 comentario

Cuando leyó en el diario que el presidente de la Patria pedía a los empresarios invertir en formación y tecnología, aspiró un sorbo de su daikiri y pensó que él prefería seguir invirtiendo en presidentes.